2. DÍPTICO: IGNACIO, UNA SONRISA DE NIEVE



                                II PARTE 



A Federico García Lorca porque lo siento mi padre y porque he tomado prestado algunos de sus textos para narrar la historia de dos enamorados. 


“En Macondo comprendí, que al lugar donde has sido feliz,
No debieras tratar de volver.” 
Joaquín Sabina, Peces de ciudad(2002).




Durante dos semanas coincidimos Ignacio y yo a las cinco de la tarde. No podría decir quién esperaba a quién pero siempre había tiempo para un hola o una caricia a Cicerón de mi parte. El hasta luego tenía sabor a volver. Estaba contento con este juego. Al parecer Ignacio también. Un día hasta intercambiamos un par de palabras sobre Lorca. Todo era de una galantería deliciosa. En alguna ocasión me habló del mar, de las mejores épocas para pescar. Mi persona solo escuchaba. Tenía esa tranquilidad de que algo pasaría.

A la hora de la despedida, la tarde se me convertía en madrugada en un suspiro. Hastag: me estaba enamorando. Es que siempre he sido muy fácil. Después de estrecharnos las manos, venía el momento de vernos carminar. Nos movíamos de espaldas o volteábamos la cabeza para sonreír y vernos desaparecer. A los 27 años éramos como adolescentes que queríamos disfrutar el aroma que nos traía el viento.

Desde el día en que Lorca me trajo a este Ignacio, mi existencia en Juan López fue más entretenida. Mentiría si les contara las veces que leí el poemario. Y en medio del dolor con que el español redactó esa obra maestra, yo buscaba la mirada de mi pescador.( Sí porque ya era mío, aunque él todavía no lo supiese. Soy así empoderado). Estaba por los cielos. Cocinaba, limpiaba, echaba agua a las plantas, hacía mi cama, imaginando a Ignacio declamar “Alma Ausente”,”La cogida y la muerte”,o “Cuerpo Ausente”, con el mismo fervor de la primera vez que hablamos. Mis días florecían. Dibujaba el rostro del dueño de Cicerón hasta en las deformes manchas que por años habían dejado las goteras en una esquina de mi cuarto. Mis neuronas saltaban cuando daban las 4:45. Me iba despacio para estar a las 5 en punto en la puerta del negocio y verlo llegar.¡Ay, por Dios, qué colegial!

Pero siempre notaba cierta nostalgia en su mirada. Por momentos callaba largo rato. Se quedaba harto espacio de tiempo mirando el mar.Después hablaba de que nadaba hasta lo profundo porque su vida no le pertenecía. Que como Federico e Ignacio Sanchez Mejías había venido al mundo por un tiempo. Esas cosas en principio me parecieron poéticas. Sin embargo cuando comenzó a dialogar sobre la teoría conspirativa de los que han muerto a los 27 años, ya comenzó a darme miedo, pero igual creía en su luz etérea, en el darma que sentía a su alrededor.( Por tu madre, yo era una puta enamorada de un chico que daba señales sin dar mucho. Lo gracioso es que ya lo sentía mi novio, jejejejej)

Mas un día nuestra rutina dio un giro. Compramos el pan y cuando se suponía que debíamos ir cada cual por su lado, Ignacio me tomó de la mano.(¿Será que también se siente mi novio? – pensé).

- Hoy me voy contigo -me dijo tranquilo. Había una paz en el ambiente.

Durante el recorrido todo fue silencio. Ignacio puso su abeza en mi hombro. Así anduvimos. El nervio se sentía en las manos que nunca se despegaron. Cuando nos detuvimos a metros de mi destino, sus ojos me perturbaron. Tenía la mirada intensa como jamás se la había visto. Yo la evitaba. Estaba muy exitado. Quería evitar que mi miembro me deletara. Ese día estaba más apetitoso. Poseía un aire de enigma, de relajo, rico. Su camiseta mal puesta dejaba ver su tetilla rosadita. Mi boca era saliva, saliva, y saliva. Llevé la mirada en varias direcciones. No habían moros en la costa, así que decidí tomar la iniciativa, ya habían sido muchos días en la previa. No sé pero estaba seguro de que ambos deseábamos lo mismo. Solté su mano.Dejé la bolsa del pan en el piso. Una camioneta que ni sentimos llegar, pasó a nuestro lado. Pensé muy pocos segundos. Las manos me sudaban. Lo que menos quería era faltarle al respeto pero estaba enamorado. Deseaba arriesgarme. "(Mira, Ignacio… Yo creo que nos gustamos. O al menos eso siento, no sé… Por eso, y si te pasa lo mismo quisiera que diéramos el próximo paso). Eso fue lo que pensé mientras veía en él confianza, y la sonrisa burlona que me ponía a millón. Al final, mi boca que alguna vez fue temeraria dijo:

-Nos besamos?- Me asustó la pregunta. Creí que me había pasado.
-Claro. Hace tiempo que lo espero.

Y me cargué los preámbulos, las caricias, las miradas profundas. Le sampé un beso que de tan delicioso poco faltó para que me salieran alas. Ignacio se dejó llevar. Mis dedos hurgaron en sus nalgas sin que importaran los pantaloncillos. Busqué con la lengua esa tetilla indiscreta que siempre llevaba mientras sus manos tocaron mi miembro por sobre el short azul que vestía. Ufff… Fueron unos tres minutos en que me perdí. Nos perdimos. Su sonrisa provocadora lo dijo todo. Invasivo como soy a veces, le pedí que me acompañara a mi habitación en la parte trasera del restaurante donde vivimos los trabajadores. Calló un instante. Me vio. Tocó de nuevo lo que sobresalía de mi entrepiernas y dijo que prefería un lugar neutral.Me costó entender de qué hablaba hasta que me señaló una casa abandonada que se erguía justo al borde de una precipicio.

- Cuando se vaya quebrando el atardecer, en una hora, te estaré esperando allí.
- Está bien. Allí estaré.- Dije contrariado pues se dio media vuelta y echó a andar. Lo veí caminar. Jamás se devolvió para verme. Entonces pensé que había ido muy rápido, o que me utilizaría. Sentí algo raro en el estómago. Pensé que seguramente llegaría al lugar e Ignacio no estaría. En fin que aquella despedida me produjo nostalgia. Hasta que desapareció en la lejanía. Justo ahí casi me doy un bofetón por pensar demasiado.

La muerte del atardecer se me hizo eterna. Jamás había odiado tanto al sol. Como niña que va a su primera cita me puse un sinfín de pantalones , camisas, poleras,camisetas. Qué se yo, estaba ansioso, era normal, ¿no? Al final me fui en un short muy corto de color rojo y me tiré una camiseta blanca al hombro. Me daba morbo eso de llegar con el torzo descubierto. Además guardaba la esperanza de poder follar.

Salí a la calle. Me puse en dirección al sol. El puto astro no se iba nunca. Cuando calculé a ojo que faltaba como media hora, me fui andando despacio.Tenía muchas ideas. Coño que soy loco. ¿Cómo debía besarlo? ¿Sería bueno para los abrazos? ¿Quién sería el activo y quién el pasivo? Bueno al final me dio igual. Yo iba preparado para que Ignacio me hiciera mierda.

La casa abandonada estaba abierta. Una edificación que por lo menos debía tener sus buenos cincuenta años. Literalmente estaba abandonada. Los muebles empolvados. El olor tan fuerte a salitre me perturbó de entrada. Ya luego me acostumbré. La vista desde una  amplio vidriera era sobrecogedora. Los arrecifes, las olas atormentadas. Y a lo lejos Antofagasta, la ciudad más cercana. Parecía un pincelazo con poca definición bañado por el atardecer.
El sonido de una alarma me hizo casi saltar. El Réquiem de Mozart comienzó a sonar. Era la hora exacta en que el me dijo que estaría.

 Ignacio salió a mi encuentro de una de las tres puertas que poseía el inmueble. Una camisa blanca larga cual túnica era la prenda que vestía su cuerpo. No supe que hacer: ¿Debía haber venido igual? Se veía tan etéreo que sobrecogía. De pie ante mí, depositó una uva en mi boca. Sus dedos casi llegaron a mi garganta. Después trajo unas copas llenas de vino y un enorme ramillete de uvas verdes que compartió conmigo. Aquello parecía un culto a Baco. De mirarnos tanto rato sin decirnos nada, comenzamos a reírnos como locos. Ignacio, de rodillas, me despojó de la única ropa que llevaba . Observó mi pene. Paseó su lengua con delicadeza una sola vez por él.. Luego se despojó de la túnica.

-Parece que el mito de los morenos es cierto.-Dijo mientras mordía sus labios.

-Si tú lo dices.

-Lo acabo de comprobar.- Su copa de vino en una mano. De rodillas aún compartia su mirada entre mi rostro y mi miembro. - El dueño de esta casa se llamaba Federico García. Amaba a Lorca. Si te fijas en el estante no falta un solo libro del poeta. Federico me trajo a este paraíso. Me mostró esta vista y me hizo comer uvas verdes. Sentado desde aquella butaca decía que al mirarme,  se sentía en la última escena de Muerte en Venecia. Decía que miraba a su Tadzio jugando con las olas del mar. 

-Espera, Ignacio.- Lo interrumpí porque algo en la atmósfera olía a desgracia. Y porque lo apreciaba igual. Para mí él también era como la encarnación de Tadzio.- Yo también te he visto como Tadzio. Siempre veo en ti esa fragilidad. Me parece tanta coincidencia esto.

-Yo era un adolescente.- Prosiguió su diálogo sin reparar en mis palabras. Se incorporó.  Fue hasta el ventanal. La fascinación de su historia lo tenía embelesado.- Un adolescente andrógino y narciso. Siempre me gustaba sentirme bello. El señor Federico, que era como yo le decía, por respeto, lo sabía y a cada instante me lo decía. (Pausa, media, pudiéramos decir.) Estando en este ventanal me hizo comer uvas verdes y tomar vino. Sentado en aquella butaca observaba cada una de mis acciones. Decía que yo parecía un efebo emergiendo del mar y recitaba poemas de Lorca o trozos de cualquiera de sus obras. Las sabía de memoria. Yo no entendía nada. Yo confiaba en el señor Federico que me hacía obsequios, me regalaba libros. Mis padres me dejaban a su cuidado. Pero justo ese día cuando sonó la campana, me reclamó que solo vistiera calzoncillos junto a la vidrio. Yo hice caso. Algo raro sentía pero hice lo que me pidió. No tenía miedo. Yo nunca tengo miedo. Decía que yo en esa posición con la muerte del atardecer, era como una aparición labraba por Boticelli. ¿Qué sabía yo de eso? ¿Qué sabía, yo, nada de nada? Yo me sentía adorado. Importante. Era un niño. Me quedé mirando cómo la ciudad se perdía con la luz. Eso me hizo feliz. Al voltearme el señor Federico estaba desnudo. Se tocaba su miembro erecto mientras sus labios articulaban unas palabras que me obligó a repetir rato después, cuando estuvo junto a mi, mientras su pene taladraba mi culo:-
 Estas manos que son tuyas,/ pero que al verte quisieran quebrar las ramas azules/ y el murmullo de tus venas/ ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡ Aparta!./ Que si matarte pudiera/ te pondría una mortaja/ con los hilos de violeta/ ¡Ay que fuego! ¡Ay qué lamento me sube por la cabeza. – Y terminó rociando su semen en mi espalda al tiempo que besaba mi cuello diciendo: eres mi efebo, eres mi efebo. Desnudo buscó una copa de vino. Pude sentir su éxtasis. En cambio yo, de espaldas lloraba, me ardía mucho el culo. Durante el tiempo que estuvo dentro de mi aporreé las uvas y partí la copa de vino con mi propia mano. En un descuido salí corriendo a medio vestir y por días estuve sin salir de mi casa. No dije a nadie pero una parte de mi vida había quedado en este sitio.Justo en este ventanal.
Creo que jamás estuve frente a tanta crudeza.

 Hablábamos de romper la vida estando desnudos. Por inercia busqué con la vista mi ropa pero quedé inmóvil. Me sentía mal .

- ¡Dios mío! ¡Dios mío, Ignacio! – Alcancé a decir secando mis lágrimas.- Lo siento tanto, rey. Y ahora,¿estás mejor?¿Piensas mucho en eso?

- Solo cuando me invade una tristeza ácida o una locura profunda. Y corro por esos cerros aguantando el dolor que producen las filosas piedras. – Silencio. Clavó su mirada hermosa en todo mi cuerpo. Entonces hubo en cambio en él muy drástico. Su mirada coqueta, su sonrisa burlona estaban de vuelta. – En ocasiones me calienta la historia. Lo puedes notar, ¿no? Es algo raro. Pero vuelvo a ese día a veces y cierta excitación pone mi pene duro. Yo estoy de puta madre. Ven recreemos aquella tarde y te prometo que es la última vez que pensaré en eso. Siento que has aparecido para liberarme.

- No sé si es lo correcto. Estoy nervioso. ¿Tú estás bien? Mejor dejamos esto para otro momento. En otro lugar quizás…

- Vos de aquí no sales. – Se abalanzó sobre mi cuerpo. Mordisqueó mi boca. Pajeó mi pene.- Yo estoy de puta madre, ya te lo dije.- Contrario a la violencia o la fuerza que esperaba, pasó su lengua con delicadeza por mis labios. En todo momento manoseaba mi miembro y con cierta fuerza mordió mi tetilla izquierda.- ¿Te gusta? – Con la cabeza dije que sí. Mis ojos entreabiertos daban muestra del placer que producían las acciones de Ignacio.

De repente sentía que amaba a esta criatura. Quería más de lo que me estaba dando. Bajó hasta mi ombligo. Yo me erizaba. Hasta que mi pene sintió la cálida humedad de su boca junto al roce de sus dientes. Estuvo tanto rato que faltó poco para hacerme acabar. Se percató. Con agilidad buscó morder mis labios, escupirlos, y besó mis ojos, y llevó mis manos a sus nalgas, y tiró de mi pelo e hizo que mi dedo del medio entrara hasta lo más profundo de su ano.

Por largo rato estuvimos así. Por mucho tiempo nos besamos. Por muchos minutos estuvimos en ese juego. Buscamos los ojos. Tocamos las carnes erizadas. Ese muchacho me estaba volviendo loco. Sentí que aquel momento era único. Que no se repetiría y debía disfrutarlo al máximo. Me daba la espalda. Adoraba su nuca que dejaba al descubierto separando los cabellos. Sonreía. Yo estaba durísimo. Él también. Al vernos erectos reímos. Todo estaba exquisito.
Luego lo vi caminar hasta la ventana con uvas verdes en una mano y una copa de vino en la otra. Observó al horizonte un rato mientras yo me manoseaba, tocaba mis tetillas. Buscó mi rostro por sobre su hombro y me dijo:

- Sé mi señor Federico pero hazme el amor como si hoy fuera el último día del mundo. ¿Podrías?

- Sí – Estaba embriagado de tanta calentura y tanto vino. Sus nalgas duras, rosadas y levantadas parecían perfectos panes de azúcar.

-Acércate entonces, mi señor Federico. Ven. Destruye este cuerpo con la suavidad del primer y único amor. Ven, por favor, ven.

Y me dio completamente la espalda. Se perdieron sus ojos en la lejana ciudad que se fundía con la muerte del atardecer. Abrió ligeramente sus piernas. Bajé. Me puse de rodillas. Saboreé su ano. Mordí sus nalgas. Metí mi lengua en el centro de ellas. Ignacio se movía mientras las uvas y el vino iban a su boca. Cuando me puse de pié para lubricar con saliva la cabeza de mi glande me dijo.

- Deseo que tu miembro entre seco y cuando acabes quiero sentir tu leche en mi espalda. 

- Estará ideal, amor mío. – Juro que la expresión salió sola.

- Me gusta ser tu amor. ¡Qué ilusión que me llames amor mío. Ahora fóllame.

Y penetré a Ignacio de una vez. Entró todo. Él seguía comiendo uvas. Sus ojos se ponían blancos. Gemía como me gustaba. Se movía. Lo abrazaba y chupaba mi dedo índice cuando lo ponía en su boca. Comió las uvas que le quedaban de un solo bocado, con un gran trago de vino y dio un grito estremecedor cuando pinche con mi pene el fondo de su trasero.

- ¡Sigue! ¡Sigue! ¡Sigue, por favor..! ¡No pares!

Y lo complací. Seguí. Seguí. Disfrutábamos cada entrada, cada salida. De la nada comenzó con unos diálogos que yo conocía.
( Vale recordar que en ningún momento dejamos de follar e Ignacio llevaba su copa de vino.)

IGNACIO. ¿A dónde me llevas?
RODRIGO. A donde no puedan verte estos hombres que nos cercan. ¡Donde yo pueda verte!
IGNACIO. Llévame de feria en feria… a que la gente me vea, con las sábanas de boda, al aire como banderas.

¡Ay, por dios, amigo que me lees o me escuchas! ¡Qué deseo tan grande pinchaba mis genitales! Este chico torero. Este mi Ignacio Sánchez Mejías jadeaba mientras mi oído escuchaba un flamenco venido de algún lugar remoto. Mi pene felizmente endurecido rebuscaba en lo oscuro de una cavidad que evocaba el rocío del amanecer. Nunca la miel fue tan dulce. Mi boca saboreó aquel dulce de leche que de niño hacía mi abuela Victoria, en sus hombros firmes, en su espalda sudorosa. Estaba a punto de acabar y él lo sintió.

- Espera, mi Federico. Espera. Aún quiero sentir un poco más. Quiero salir de este ventanal sintiendo la forma grande de tu miembro hermoso.

- Entonces espero, amor mío, de mi vida.-
 
¡Qué grado de enajenación, teníamos! Nos detuvimos un instante. Su mano rompió la copa. Sangró un poco. Todo parecía escrito en el viento. Sacudió su mano. Sin sacar mi miembro terminé de limpiar la extremidad delicada y la sangre fue a mi boca.

IGNACIO. ¿Oyes?
RODRIGO. Viene gente.
IGNACIO. ¡ Huye! Es justo que yo aquí muera… Y me lloren los ojos, mujer perdida y doncella.
RODRIGO. Cállate ya suben.

( Mis movimientos penetrativos comenzaron a acelerarse)

IGNACIO. ¡Vete!
RODRIGO. Silencio. Que no nos sientan. Tú delante. ¡Vamos digo! 
IGNACIO. ¡ Los dos juntos!
RODRIGO. ¡Como quieras!

Y al mismo tiempo eyaculamos. Ignacio en el empolvado suelo de la casa abandonada. Mi persona en su espalda. Luego exigió que el último resto de semen fuera a su boca . Lo complací. Se incorporó. Nos besamos. Nos besamos mucho. Sin embargo en ese instante sus labios estaban fríos. El beso me supo a nieve. Acaricié su cara ovalada, hermosa. Toqué su nariz pronunciada, perfecta, y pedí permiso para ir al baño.

El tiempo que demoré fue poco, no quería dejar de admirarlo. Cuando volví no estaba.
Su pañuelo rojo pendía de la puerta. Creí que había salido a tomar el aire desnudo, rebelde. Miré en todas direcciones. Caminé hasta el borde de la cañada. No lo veía. Primero pensé que eso había sido todo: utilizarme para cubrir su fantasía pero volví y logré encontrar sus pertenencias. Regresé desnudo a buscarle afuera. El susto me abrazó cuando me fijé en el suelo y las gotas de sangre provenientes posiblemente de su mano me llevaron al borde del precipicio.
Miré con cuidado la última gota. Luego mis ojos buscaron el vacío. Y allí estaba como un ángel al que le cortaron las alas, acostado entre las rocas. Desde donde estaba y con mis ojos abarrotados de agua pude ver una sonrisa en el cuerpo sin vida. Comprendí cada momento que se vino a mi mente durante las escasas horas que habíamos pasado juntos rato atrás. Ignacio tenía su sonrisa burlona.

Me vesti y llevé conmigo su túnica blanca. Tomé el pañuelo rojo. Bajé como pude burlando un camino rocoso que yacía en un extremo del precipicio. Al estar a su lado lo cubrí  su cuerpo con la tela blanca y con la roja su rostro. Lloré de rabia por mi descuido pero al mismo tiempo comprendí, mirando su cuerpo inmaculado, que con su suicidio deseaba cerrar un ciclo. Parecía satisfecho. Era un muerto feliz. No limpié ni una gota de sangre que brotaba de su cuerpo. Me hubiera odiado de haberlo hecho. Él estaba como quería.

Me senté a su lado. Creí levitar en algún momento. Hasta lo sentí riendo a cascajadas. Nunca lo abandoné. Me quedé allí.Quieto. Escuchando el crepitar de las olas e imaginándolo nadar hasta lo más profundo del mar. El miedo se esfumó. Haber sido su último amor lo era todo para mí. Así lo sentí. ¡Qué vacío, amigo que me lees, recalentaba mi cuerpo al mismo tiempo!
Y mientras esperábamos un rescate innecesario declamé para él unos versos que de seguro le hubiesen gustado escuchar a Ignacio Sánchez Mejías:
A las cinco de la tarde,/ Eran las cinco de la tarde./ Un niño trajo la blanca sábana/ …Lo demás era muerte y solo muerte/ a las cinco de la tarde./ Y el óxido sembró cristal y níquel./ Las campanas de arsénico y el humo./ En las esquinas grupos de silencio a las cinco de la tarde/ Eran las cinco en todos los relojes/ ¡ eran las cinco en sombra de la tarde…

Crucé mis piernas. Lloré con miedo. Miré a mi alrededor. Había poco que hacer. Sentía un dolor asalitrado, un dolor cancerígeno, un dolor que me ofuscaba. Quería golpear las rocas, matar y maldecir a los Federicos, revivir a ambos Ignacios. Me sentía solo con el sexo aún tibio.

¿Por qué pasó esto?¿Por qué eligió esta manera para cerrar su trauma? ¿Por qué las gaviotas entonaban un canto fúnebre aunque parecían felices? Hay cosas que no comprenderé nunca.

Dos horas después nos encentraron. Para ese entonces ya había puesto el cuerpo inerte en mis rodillas y sentía que el mar traía a Sofía Carson casi gritando Always… Las personas nos invadieron. Me lo quitaron de encima. Se lo llevaron. Me cubrieron con una manta. La marea subía. Yo era solo un cuerpo maniatado. Era un hombre sin propósito en la vida. Jamás entendería el amor .Me preguntaron estupideces. El morbo, la suposición, que si la cárcel. Yo era inocente y nadie me arrebataría eso ni lo que viví.
Como torrente escapé de quienes se ocupaban de mí. Corrí en busca de mi dulce amado. Cicerón apareció para lamerme y lo llevé a mi regazo sin apuro. Tomé el pañuelo, en ese momento más rojo, detuve la marcha de los que cargaban a MI IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS, y entre sollozos, sudoraciones, con las mocos que intentaba limpiar, recité por última vez:

-No quiero lamentos pueriles. No quiero cantos de angustias. No quiero que cubran el rostro de quien libre quiso ser. No flores. No quiero inciensos. Denle aire y no cubran su rostro ahora que vuela. Quiero un plaza de toros con el mar de fondo y que las olas me arrastren con pase corriendo. Quiero un abrazo del amor que jamás tendré. Quiero un canto de los labios qué jamás tocaré. Quiero un beso de nieve. Y quiero una piel de cristal. Descansa amor mío. Descansa y no vuelvas. Allá estarás tranquilo. 

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