1. DÍPTICO: IGNACIO, UNA SONRISA DE NIEVE





                              I PARTE


A Federico García Lorca porque lo siento mi padre y porque he tomado prestado algunos de sus textos para narrar la historia de dos enamorados. 

“En Macondo comprendí, que al lugar donde has sido feliz,
No debieras tratar de volver.” 
Joaquín Sabina, Peces de ciudad(2002)



Llegué al Balneario de Juan López por necesidad de trabajo. Era un pueblito de pescadores, un sitio de veraneo para personas pudientes que llegaban de la gran ciudad.

Mi arribo fue en invierno, época en que está bastante solitario este pedazo de tierra. Ni turistas ni los dueños de las suntuosas casas, yacen a la vera de los caminos del pueblo o en los cerros cobrizos que embellecen el paisaje.

Mis primeras semanas fueron aburridas. Trabajaba en un restaurante con muy poca asistencia. Algún que otro antofagastino, mayormente jóvenes, llegaban a nuestras mesas. Luego seguían a buscar cabañas o simplemente armaban sus casas de campaña a pie de playa. Así en las noches formaban sus carretes colmados de drogas, alcohol y paseaban sus cuerpos casi desnudos de un extremo a otro de la costa. Otros más vivos, se intrincaban en los arrecifes. De esta manera aprovechaban las playas poco visitadas, para hacer orgías, tomar ácidos y estar en un “mayor contacto con los astros”, decían.

Para mí todo aquel jolgorio era excitante. Me considero un hombre mundano. Un hombre que le tiene miedo a muy pocas cosas en la vida. Sin embargo, mi propósito era otro: yo quería estar en paz. Me había alocado mucho en Antofagasta, que es la ciudad más cercana. Necesitaba limpiarme un poco. Quería dedicarme al trabajo, leer, descansar. Bajo esta primicia, transcurrieron mis primeras dos semanas.

Un millón como tú sonaba en un auto al borde del camino aquella tarde. El tema de Lasso y Cami estaba de moda. Casi ya me lo sabía. Así que en cuanto calló en mis entendederas no pude parar de parafrasearla mientras iba a por víveres.

En muchas ocasiones cuando iba a buscar el pan, al único negocio de la comarca y siempre a las cinco de la tarde que era cuando los sacaban recién horneados, veía caminar, rumbo a su casa supongo, a un chico atlético, tal vez un poco más alto que yo, de pelo negro encrespado. Aunque nunca veía su rostro, pues simpre llegaba cuando él partía, me deleitaba con su espalda. Ese era mi contacto,lo disfrutaba. Por la forma de caminar me parecía gallardo, temerario. Sus hombros despiertos gritaban poder.

Ese atardecer de la canción de moda y el auto, y sin explicación alguna, su imagen invadió mi conciencia. Caminaba a casa y  me volteaba a verlo. Parece que mis ojos pesaron mucho en su nuca. Se dio vuelta, sonrió y bajó la mirada como quien camina por entre plantaciones de tulipanes. ¿Quién coño era ese chico? ¿Por qué rayos se había vuelto un enigma? ( Les cuento algo: yo soy muy de obsesionarme con las cosas pero en este caso mi monomanía quedó congelada. Este niño pintado por la arena rocosa de los cerros y el salitre venido de ese mar inquieto, despertó en mí un camino deseante, unas ganas movedizas,una ansiedad apabullante).

Recuerdo que un estremecimiento atormentó mi cuerpo. Corriendo llegué a la casa.Dejé el pan en la cocina. Comencé a hurgar en mi librero sin saber por qué.

Una espina en mis instintos juntaba a este chico con ciertas palabras que me urgía encontrar.Los dedos tamborileaban cada  libro a mi paso. Estaba sediento de poesía. ¿Qué mierda buscaba? ¿Guy de Maupassant?
¿Oliverio Girondo? ¿Dulce María Loynaz, Reinaldo Arena, José Martí? Estaba perdido. Me sentía abrumado.La rabia por no poder hallar las palabras que se tejían alrededor de aquel efebo, me tenían muy enojado. Sentí que podía matar cachorros o desmembrar una libélula con tal de convertir sus carnes en versos. Y lo más descollante era que dentro de mí podía disfrutar del libro sin haberlo encontrado aún. Hasta que Federico vino a mi mente. Federico García Lorca llenó de luciérnagas el enjambre de mis ideas.De ahí todo fue más fácil. Sólo un libro podía bordar semejante anatomía .

Y ahí estaba como riéndose de mí: “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, una muestra delicada, desgarradora, donde el autor plasma su amor por el torero caído con una tristeza tan real como el sabor del mar.Devoré el libro página por página. Estaba eufórico, caliente, desesperado por encontrar al hechizante ser humano entre las líneas de Lorca.

Salí al ventanal que daba a la calle. La vista al mar desde ese espacio era enajenante. Prendí un cigarro. Me lancé a recitar los versos de este y de aquel poema en voz alta. Estaba solo en el restaurante. Iban a ser casi las cinco de la tarde de un día domingo. ¿Qué importaba alzar la voz si entre las líneas podía imaginarme al bello hombre que correteaba en mis neuronas?

Humedeciendo mis dedos corría las páginas. Lo veía en cada frase bien construida de Lorca. Y me exité al imaginarle entre mis brazos o recorrer con mi dedo sus labios. Además la aparente soledad de Juan Lopez en invierno, su atmosfera enrrarecida, ecuestre, daban la sensación de estar en Galicia, en la cima de un túmulo, viendo a mi chico convertido en Ignacio. Hubo un momento en que mi cigarro se esfumó. Fui a por otro, lleno de júbilo. Estaba disfrutando el doble hallazgo como no puden imaginarse. Dejé el libro marcado en “Cuerpo Presente”, el último poema, uno de los que más me gusta. Entonces el rito de encender mi cigarro fue interrumpido por un grito: ¡Cicerón!¡Cicerón!(¿Cicerón? ¿Quién en estos tiempos se llama Cicerón? ¿Roma en Juan López? Pensé yo)
Con mi cigarro en mano y una copita de vino bien servida, había olvidado contarles eso,volví al libro marcado, pero el tal Cicerón me inquietó. Salí a la calle  y la voz ronca pero sinuosa no dejaba de vociferar. Hasta me imaginé al viejo orador en una plaza romana mirando con indiferencia a los que le increpaban.

Bella sorpresa me llevé cuando descubrí que Cicerón no era más que un hermoso labrador negro, que saltaba de un lado para otro como burlándose de su dueño. Mis ojos se posaron en la brillantez del pelaje de aquel animal. Tenía un encanto: ¡madre mía!: erguido, desafiante. Bien puesto el nombre, articulé. Pero cuando pretendía volver al poema marcado, la imagen del dueño apareció despacio de entre la lejanía. Era mi compañero enigmático de las cinco de la tarde. Su cara ovalada y armónica, erizó mi piel. Se me encogieron los cocos, señal de que me estaba poniendo bien caliente. Su cuerpo, que ahora podía ver en 360, me provocó tocarme los dedos, abordar mi barbilla, limpiar la comisura de mis labios.
Pantaloncitos a media rodilla, camisa sin mangas, descuidada, pelo revuelto que constantemente buscaba domar. Era un pescador antojable con la naturalidad de una escultura. Tadzio vino a mi mente. Cuando pude definir sus contornos de forma precisa, susurré unos versos de Lorca: ni cristales... ni fuego... si no plazas y plazas y otras plazas sin muro ...

Estaba muy cerca cuando terminé de decir las últimas palabras. Llegué a sentirme patético. Pero quería que detuviera su búsqueda del perro y posara sus ojos en alguien que lo pensaba sin motivo alguno. Vi fijamente rodo su cuerpo. Me pareció estar en “Muerte en Venecia”,(no sé por qué me sentía tan viejo), cuando mi Tadzio se volteó para fijarse solo en mí. Con su mano tapó al brillante sol. Nos observamos un rato, creo que hasta lo ví sonreír. Terminé mi cigarro en un santiamen y salí al encuentro porque hombre que observa por más de cinco segundos quiere lo que quiere. Además ojo de loca no se equivoca. Convensidísimo estaba de que él deseaba tenerme cerca.
Un poco nervioso, con el dedo marcando aún el poema, me acerqué repasando una frase que adoro:  Yo quiero que me enseñen un llanto como un río/ que tenga dulces nieblas y profundas orillas/ para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda/sin escuchar el doble resuello de los toros...

Y por fin estaba a dos pasos. Cicerón me olfateó, ladró, meneó la cola.

-Parece que le agradas.- Dijo con una sonrisa ambigua que se adueñó de mí.

Aprecié, que digo aprecié, amé sus brazos torneados, sus pantorrilas peludas. Los pies eran de un hombre libre que corre entre las rocas disfrutando del dolor. Atlético. Pescador. Cejas llenas, labios pequeños con un entreabrir acentuado siempre.

(Yo deseba probarlos. Y no podía dejar de mirar su pelo enroscado cayendo en los hombros. Creo que fue muy evidente mi escrutiño porque sonrió maliciso.)

De repente tiró de una pañoleta roja que llevaba en su cuello. Inició el juego de torear a su perro. Cicerón se divertía mucho. Mi corazón dio vuelcos y vuelcos. Observé el libro. Construí a Lorca en mi mente. No sabía si creer en las casualidades, en la física cuántica, en la ley del deseo o en mis santos y espíritus afrocubanos. Cuando me dí cuenta de que pensaba demasiado, mandé todo a la mierda para disfrutar de mi torero, que terminó sudado con su corrida, al tiempo que los sables se convirtieron en cosquillas que el perro gozaba mostrando su panza.  Ya me hubiera gustado estar en el lugar de Cicerón. Secó su frente con la camisa rasgada, esa sin mangas que les dije, y limpió las manos en los pantaloncitos.

- Hola formalmente. Me llamo Santiago. Santiago Ignacio. – Y alzó la mano.¿Qué mierda estaba pasando aquí? ¿Desde qué escondrijo se reía de mí Lorca? - ¿Me dejarás con la mano en el aire?

- ¡Ay, perdona! Soy Ricardo. Trabajo en el restaurante.

- Yo soy pescador. Ayudo a mi padre y lo más lejos que he llegado ha sido a Antofagasta. Ahí mismo...En mis tiempos libres corro por los cerros, nado hasta bien entrado el mar o juego con Cicerón. ¡Ah!... Y leo mucho. Me gusta volar, como decía Oliverio Girondo.- Quedé como un cuadro. Mi sapiosexualidad comenzó a pararme el pene. Disimulé. Este chico es una cosa grandiosa. Maldito silencio. De pronto yo, que cotorreo me quedé pasmado. En lo de coquetear soy malo. Lo comprobé en ese momento. Porque tengamos claro algo: esos ojitos entornados, la mano tocando su pecho y la humedad en sus labios… Vamos que me estaba coqueteando. – Federico García Lorca,¿eh? . – Se fijó en libro y noté cierta nostalgia.

- ¿Perdón? – Me hacía el tonto.

- El libro. Su autor. Mi madre es maestra en la escuela del pueblo. Es su poemario favorito de Lorca. Por eso me puso el Ignacio de segundo. El Santiago es por mi padre.

- ¡Qué historia tan interesante! – Otra estupidez de colegiala. Este ser humano que a lo sumo, debía ser tres años menor que yo, bordaba una cesta de fruta y yo caería en ella. 

- ¿Qué edad tienes?
-¡Que no quiero verla./ Dile a la luna que venga/ que no quiero ver la sangre/ de Ignacio sobre la arena./¡Que no quiero verla. – Lo miré a los ojos. Ví cierta nostalgia nuevamente. Parecía una persona que había vivido mucho. – Veintisiete. Tengo veintisite años.

- Yo igual. Pero tú pareces más joven.

- Eso me dicen siempre. Parece que en algún momento dejé de envejecer,
¿no?

Nos miramos unos segundos más. Él sonreía burlón. Sabía bien lo que estaba haciendo. Yo intenté sonreir igual para estar a la altura.
¡Qué tonto me sentía! Todo lo de hunter se me había ido a la … Tenía delante de mí un foie gras de pato finísimo, listo para degustar y mis manos no se disponían a hincar con el tenedor.

- Bueno, Ricardo. Ojalá y por ahí nos volvamos a ver. - Expresó mientras caminaba de espaldas. No sin antes dejar un beso en mi mejilla. Tan próximo fue que sentí los centímetros con que me ganaba en altura.

- Sí. Siempre a las cinco de la tarde, Ignacio.

Y así lo vi partir.

Devolvió la pañoleta al cuello, silbó a Ciceron y se fue con la mano extendida.

Yo estuve un tiempo más, quería verlo caminar. Ama a Federico García Lorca. Ama a mi padre. Me repetí muchas veces, y con cada evocación, mi entrepiernas se endurecía, quería salir a volar como un dragón. Eso de allá abajo necesitaba echar fuego.

Lo siento soy muy sapiosexual….¿Continuará? Por supuesto… Lorca nunca se quedó con ganas…

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