PRIMAVERA




A mi hermana querida a quien siempre me he querido parecer cuando sea grande,
A Tongo,
A mi madre, a mi padre, a mis cuatro abuelos,
A todos los que elegí querer cuando entendí el cariño y saben quiénes son.




Recuerdo que el sauce de la esquina estaba florecido. Mi hermana jugaba en el jardín cuando me fui al colegio. Yo tenía 17 y contaba los días para los 18 años. Yo quería mucho a mi hermana. Éramos mis padres, ella y yo. Ocho años llevaba en sus hombros la última vez que la vi.

Por hacer justicia estoy preso.

Mientras avanzaba a dar clases aquella mañana, una bruma enrarecida llenó la calle. Desde lejos veía como Primavera , mi hermanita, me decía adiós, con su muñeca negra enrdada en sus brazos. Les cuento que, cuando mi madre la traía en la panza, unos celos enormes me entraron pero al verla con los ojos aún cerrados, rosadita, no hice más que llorar. Éramos una familia hermosa. Hoy tengo 19 años y voy camino a mi pena de muerte. Por tanto este resulta mi último deseo: quiero contar mi historia.

Llegué a la escuela como todos los días: animado, con mis audífonos, saludando a todos. Iniciaba mi último año. Después había que averiguar en qué me sentía bueno para entrar a la universidad. Septiembre y yo no tenía nada claro. No obstante mi hermana me había una idea: “ Dani, y… ¿por qué no te construyes una oficina y le das consejos a las personas? Dice mamá que eres bueno dando consejos. Sí, eso dijo.” Sonrío cada vez que pienso en esas palabras. Pues, la Primavera me había dado la idea de estudiar Couching Profesional. Había que esperar la cara de mi padres nada más. Me defino como un tipo simpático, siempre soy el payaso de las fiestas. Considero que mis padres han hecho un buen trabajo. Soy un chico promedio en todo, pero me gusta la repostería y escuchar a las personas.

Mis primeras horas aquel día transcurrieron sin problema alguno. Clases, interrupciones, saludos, planes, bromas y coqueteos. Sin embargo cuando salía de mi clase de Física e iba a la de Química, casi al mediodía, en el pasillo vi a mis padres llorando y corrí hacia ellos. Primavera estaba desaparecida. Todo el pueblo se estremeció. La escuela no volvió a ser la misma.

Carteles, programas de televisión, de radio, policías y vecinos haciendo búsquedas y mi vida yéndose a la mierda. Pasé días sin comer. Fui un deterioro andante y también traté de convertirme en investigador. Guardaba recortes, grabaciones, buscaba conjeturas, para de alguna manera dar con Primavera. Pero nada. Sentía que lo realizado durante meses no era suficiente.

Pasaron seis meses. Luego medio año más y ahí seguíamos intentando sobrevivir a la agonía. Terminé el colegio a duras penas. En ese punto ya había desistido de ir a la universidad. Seguíamos haciendo lo posible por encontrar a nuestra pequeña pero de a poco las ganas enflaquecían, nos resignábamos a lo peor.

Otros doce meses se nos fueron entre abogados, investigadores, llamadas y lágrimas. Mis estudios de Couching iniciaron. La normalidad permite ver con mayor claridad, aconsejó alguien. Había que intentarlo entonces.
 
Un día en que soñé que la cabeza de mi hermanita pendía de un pañuelo blanco, me levanté dando gritos, tirando cosas. Esa se convirtió en una pesadilla recurrente porque íbamos perdiendo las esperanzas. La tierra había cenado con Primavera, al parecer. Sin embargo dentro de mí, sentía que estaba viva, pero dónde. Mi miedo era que pudiese perder esa sensación porque me iría a negro y temía no volver a percibir ni siquiera su cadáver. No quería encontrar a mi hermana como en mis sueños toda marchita. Pensaba con positividad. Y esa sensación me hizo reír un poco, a veces, y me fortalecía para ayudar a mis padres, en otras ocasiones.

Comencé de cero a analizar acciones, a considerar posibles bifurcaciones desde el día en que la dejé junto al jardín diciéndome adiós. Y pensaba que la encontraría para besarla mucho, para hacerle cosquillas.¡ Ay, Dios! Ni se imaginan lo que arde que te arranquen un pedazo de corazón o que acuchillen tus sentimientos.

Pero recuerdo aquel martes en que hacía mucho frío y no fui a la universidad. Quería escapar de unos trabajos en Análisis del Comportamiento Evasivo. Había mucha neblina cuando saqué la basura. Podía huir de los estudios pero nunca de las obligaciones. Cuando iba de regreso a la casa escuché mi nombre: 
¡Daniel! ¡Daniel! 

Sonó una voz de niña y estaba seguro que era la de mi hermana.
Siempre saco la basura a la misma hora, sea el día que sea- es un arreglo al que hemos llegado con mi madre. No obstante, me detuve a pensar que después de dos años estaría evocando la mañana en que se despidió de mí. Tal suposición me dolió. Removió la esperanza ya casi perdida, aún sintiendo dentro que Primavera continuaba viva. Así que era muy loco pensar. ¿De dónde podría venir esa voz si habíamos puesto de cabeza el pueblo durante su búsqueda? Era la niebla . Estaba medio dormido. Primavera fue la protagonista de mi madrugada mental. Todo podía ser un invento. La incongruencia de la emoción me dejó sin fuerzas. Comencé a llorar. Soné mi nariz en la manga de mi pijamas cuando alcancé el portal y decidí sentarme para evitar entrar a la casa medio descompuesto. La bruma parecía un chiste frente a las tribulaciones de mi cabeza.
Todo el dolor de veinticuatro meses fueron de golpe un manojo de palos en mis sienes.

¡Daniel!¡Daniel!¡Ayuda! 

Escuché otra vez.

Sin saber qué creer salí a la calle. ¿Me estaba volviendo loco? Caminé en varias direcciones. La voz había quedado en silencio pero la neblina contuvo su calor. Lo encofró en un espacio como de cristal donde se seguía repitiendo. Apagué mi mirada. Podía escuchar las palabras de auxilio junto a mi nombre en el túnel acalorado y fresco que continuaba extenso en medio de la niebla. Seguí con los ojos cerrados la estela que aquella voz de niña había dibujado. Dejé que el cofre creado por el humo blanco, donde seguía la humedad de los gritos, me hicieran un camino hasta el origen del apremiante sonido. No sentía el frío. La candidez infantil del reclamo me envolvía. Jugaba con los dedos para sentir las vibraciones. Y avanzaba.

Cuando la humareda alzó un muro frente a la ternura que me rodeaba, abrí los ojos. Unos quince metros había caminado desde mi casa. Los pasos y mi cuerpo frente a casa de los Gutiérrez. El rastro de aquel eco me llevó hasta la verja de un jardín en mi mismo vecindario. Cerraba los ojos. Podía sentir el olor de la voz. Y era la voz de Primavera. Tomé el sendero asfaltado que conducía de la acera a la puerta. Toqué el timbre. Ruidos de alguien que regañaba o maldecía se escucharon. Volví a tocar el timbre. Luego di golpes en la puerta. Las voces se volvieron susurros.

 Algo dentro me provocaba. Insistí. Algo punzante en mis costillas llamaba mi atención. Juro que era puro instinto mi proceder. Hasta en algún momento dejé de pensar en Primavera. La curiosidad me produjo sudoraciones. Me vi. De a poquito el ambiente se abría. El sol comenzaba a despuntar. Calculo que habrían pasado quince o veinte minutos. Miré el camino hasta mi casa. ¿Qué hacía yo de pie allí?¿Por qué había imaginado la voz de mi hermana en medio de un estado de transe provocado tal vez por el sueño y el amor a Primavera?¿Por qué creí que era su voz con tanta seguridad? Yo estaba en pijamas en la puerta de mis vecinos. Estaba enloqueciendo definitivamente.

Los Gutiérrez eran una de las familias más admiradas de toda la comunidad. Carlos Gutiérrez, el padre, siempre estaba dispuesto a cumplir con cualquier tarea. Íntimo amigo de mi papá y padrino de Primavera. La señora Lucy, era como la estampa de la nueva rica. Muy fina, muy pulcra, y creyendo poseer una cultura general que la ubicaba en un estado de superioridad con respecto a sus amigas del barrio. Siempre me pareció un poco sometida, la pobrecita. El esposo, ingeniero en minas, tuvo un golpe de suerte(un ascenso) y entonces con el dinero comenzaron a comprar, a derrochar, a mostrar. Y con la salida de Pablo, hijo mayor de ambos, de aquella casa, porque se sentía como un pez sin el mar, asumí que eran una familia que vivía de la imagen. El tío Carlos, que era como le decíamos al patriarca, siempre hacía callar a la tía Lucy con una mirada gélida, cuando en los asados comunales decía cualquier tontera. Pablo nunca estaba. Volvía en verano unos días pero prefería estar en la capital todo el tiempo disfrutando de la mesada y no de sus padres tan “opacos, y superficiales”, como alguna vez me dijo. Aunque ellos decían sentirse orgullosos de que su primer descendiente estudiaba Bioquímica. “Nuestro hijo cambiará la ciencia de este país”, decían. Para mí era una postal tan chistosa. También tuvieron a los gemelos Gutiérrez: Marcio y Mario. Éramos contemporáneos y con ellos tuve buenas relaciones hasta que a los quince años se comenzaron a parecer más a sus padres, cuando los metieron en un colegio bilingüe de alto valor y yo decidí cortar por lo sano. Se pasaban todo el año internados. Venían en verano y no salían. Siempre pegados a los computadores o en la parte de atrás del flamante auto del progenitor cuando los llevaba a quedarse con sus nuevos amigos. Recuerdo que un domingo de octubre hace como dos años, justo un mes o dos antes de la desaparición de mi hermana, los encontraron ahorcados en su pieza: a ambos. Algo horrendo. Nadie podía creerlo. Había sido un suicido, concluyó la Policía. Todos nos preguntábamos, ¿por qué? Solo recuerdo que hubo una discusión muy fuerte entre Pablo y el señor Gutiérrez, en la que el hijo les prometió que jamás lo volverían a ver.
Mucho tiempo después, cuando estando en la cárcel, me visitó Pablo para apoyarme por mis acciones , supe de sus propios labios que Carlos Gutiérrez abusaba de sus hijos.

La cuestión es que cuando pensaba que me estaba volviendo loco por estar en pijamas frente a la puerta de mis vecinos, sentí un golpe seco, muy fuerte, seguido de un grito desgarrador de la tía Lucy. Creo que ese fue el momento en que me desperté. Toqué el timbre por tercera vez y volví a golpear la puerta con mis puños. La tía sale arreglándose el cabello y la ropa. Su trato fue directo, frío. Platiqué sobre lo que había sentido. Le expliqué que estaba preocupado. Por supuesto ella dijo que todo estaba bien. Obviamente mentía. El golpe había sido muy duro. Ella se notaba alterada. Buscaba por todos los medios que me fuera, y su cariño parecía más falso que beso de colegiales sin sentimientos.

Yo que soy curioso intenté abrir un poco más la puerta con la punta de mis pantuflas. Ella me detuvo, despidiéndome. Sin embargo justo antes de que cerrase vi la muñeca. Una muñeca negra igual a la de mi hermana. Era Mafalda la muñeca negra de Primavera, estaba seguro. Empujé un poco más la puerta con el pie. Concentré mis energías en el juguete mientras un escalofrío poderoso caló desde los pies a mi cabeza. Yo había ayudado a mi madre a confeccionarla. Un espeluznante reflejo tiró de mi columna. Abrí la puerta con todas mis fuerzas. Mi hermana estaba allí. La tía Lucy fingía el papel de señora ultrajada. A mí me importaba una mierda. La adherí a la pared. Grité el nombre de mi hermana con todo el aliento que pude. Lucy se incorporó impidiendo que accedieron al segundo piso. Yo estaba muy confundido. Pasé por su costado y comencé a buscar en toda la primera planta  al tiempo que la mujer subía las escaleras apresurada y  llamando a Carlos. ¡Corre, el Daniel, lo sabe, el Daniel lo sabe! Decía.

De lo alterado que estaba indagué en cada lugar que pude. Cuando iba a la planta alta de la vivienda recordé  una pequeña puerta junto a la cocina donde no habia revisado. Tenía que estar ahí. Además la señora había ido en busca de Carlos quien debería estar preparando sus cosas para huir. Volví sobre mis pasos y respiré ansioso frente al pequeño acceso de madera desde la cocina llevaba al sótano. Conocía muy bien aquella casa. ¡Cuántas fiestas no celebramos allí! De una patada la eché abajo. Me encontré con paredes acolchadas de forma gruesa. ¿Qué rayos era aquello? Bajé unos 20 escalones. Topé con una reja y un candado. Corrí de nuevo a la cocina. Encontré un mortero con una  piedra muy dura. Con eso podría romper la cerradura. Lo hice. Despejé dos cortinas de color rosa pero no veía nada, tampoco encontraba el interruptor. A unos dos metros de donde me encontraba definí una entrada de luz. Me acerqué y forcé la pequeña ventana que daba al jardín. Tuve que romper otro candado. Hurgando en el espacio poco iluminado, encontraré el interruptor finalmente. Lo accioné. Un espectáculo de luces rosadas y azules, con un carrusel en el techo, apreció ante mí. Toda la decoración era rosa, parecía una casa de muñeca. Había cuadros de Primavera junto a los Gutiérrez en la playa, en el desierto, en hoteles, en parques de diversiones, con una torta de cumpleaños. Me parecía estar frente a una pesadilla viva y maldita que cocinaba mis neuronas. Mi hermana había estado allí, pero justo en ese:¿momento qué habían hecho con ella? Tenía que pensar con rapidez. Tenía que detenerlos.
Ya iba en camino cuando reconocí un rastro de sangre en los escalones, del cual no me había percatado, y que conducía hasta un armario muy grande, opulento. Comencé a llorar. Recordé el golpe. Al colocar las puertas del mueble, de par en par, vi el show más horrendo del mundo. Caí de rodillas. Grité. Grité. Grité. Grité hasta que el sonido se convirtió en veneno, en pus, en ganas de sangre, en ganas de muerte.

Subí.

 Agarré un machete que siempre tenía el señor Gutiérrez junto a otras armas como hachas y sables, en una cacerola de cobre grande, en cierta esquina de su extenso comedor. Avancé con el arma en una mano, en la otra decidí llevar la piedra del mortero. Callé unos minutos. Quería escuchar. El auto echó a andar. Supuse que Carlos esperaba en él. O sea, Lucy sería la primera.

Mis ojos solo guardaban la imagen que había visto. Lloraba y las lahrimas me quemban.  El trozo de corazón que tiempo atrás me habían arrancado ardía mucho. Y ese calor me hizo perder la cabeza. Caminé escaleras arriba sin tener ningún apuro. Mis hombros aguantaban una densidad que no era más que fuerza necesitando salir. 

Encontré a la falsa mujer doblando unas ropas muy de prisa. No me escuchó llegar por lo que, mi primer impacto sobre ella, fue directamente en la nuca utilizando la piedra. Lucy cayó en la cama medio atontada. Me puse de bruces sobre su espalda. Dejé caer la piedra en su nunca repetidas veces hasta que ya no era la nuca si no la cabeza y vi salir los sesos. Mis ojos latían. Primavera y la escena del armario, daban vuelta, como aquel carrusel, en mi cerebro.Por un momento solté las armas. Observé la escena. Pero mi hermana volvía una y otra vez. Tomé el machete nuevamente y olvidé la piedra ensangrentada. 

Con mi cara llena de sangre y las facciones de un animal hambriento salí al pasillo de manera silenciosa. Busqué esconderme detrás de un sillón de piel de arce que siempre celebraban en las fiestas por lo caro que había costado. Gutiérrez no demoró en subir llamando a su mujer. Consideré en aquel instante que con lo dócil que he sido siempre no pensaron más que en el hecho de que cuando descubriese la verdad iría a buscar ayuda. Pero Daniel siempre ha tenido un grado de violencia oculto porque fue violado en múltiples ocasiones por un tío pedófilo cuando tenía ocho años y su padre lo mató de un tiro.

Carlos quedó de hierro al ver el espectáculo provocado por ellos desde aquel día en que, aprovechando la espesa neblina, decidieron robarse a mi hermana. El segundo que ocupó para buscar al victimario de su esposa me permitió lanzar el primer machetazo cuando se dio vuelta. Fue justo en el pecho. Nunca había visto las costillas expuestas, la carne, la sangre chorreando en hilos finos por un corte limpio. Intentó con la mano en el pecho, detener el líquido proveniente de su cuerpo mientras huía escaleras abajo. Pero yo era más joven y el odio me convertía en un ser muy ágil. Al alcanzarlo comencé a dar con el filo del arma sin medir espacio, posición, gritos de dolor o miedo. Yo quería su tormento. El muy condenado se resistía. Caminaba con dificultad. Se volvió a verme con rostro de súplica. Di nuevamente en cara, brazos, piernas, abdomen. Y calló intentando abrir la puerta que daba a la calle.

Me recosté a un macetero. Estaba agitado. Glorioso. La muerte pareció un sorbo de té el domingo cuando los tíos venían a compartir sus historias. Jamás hubo remordimiento. Era un griego que había librado la batalla de su vida. Y lo más importante: la había ganado.

 Limpié mi cara de la sangre cochina. 

Pasó en un tiempo largo. Toda la rabia desapareció. Me sentía en una dimensión extraña. En algún momento el pensamiento de haberme convertido en un psicópata pasó por mi mente pero en el fondo algo del Daniel correcto quedaba. Al menos eso sentía.

 Cuando con la camisa del pijama limpiaba los fluidos que habían quedado en mi cuerpo, recordé toda la carnicería. Me asusté. Dejé el machete. Dejé el cuerpo mutilado. Fue entonces que la escena del armario volvió como la ráfaga de un huracán y decidí bajar al sótano. En ese momento ya era el Daniel simple, el tranquilo, el chico promedio de los audífonos. Había vuelto y aunque sabía que era dueño de una masacre, sólo deseaba ver a Primavera.

Mi llanto dolía en la movilidad de las rodillas. Me pesaban los muslos. Dios, estaba muerto de miedo. No quería volver a ver el espectáculo del armario pero alguien tenía que sacarla de allí. La cocina. Estregué con obsesión mis manos. Eché mucha agua en mis cabellos. Intentaba que el líquido frío despejara un poco el dolor de cabeza que había abandonado la adrenalina. Quería que Primavera sintiera solo las manos de su hermano.

En el mueble rosado que abigarraba el sótano, una pequeña de a penas nueve años, estaba desnuda, colgando de una soga y con un gran hueco en su cerebro. Mi hermana, mi hermanita, yacía ahí muerta, usada, presa, ensangrentada, con su niñez mutilada.

La bajé. 

La envolví en unas sábanas. 

Salí sin muchas fuerzas a la calle, llevando a Primavera junto a su muñeca negra. Estaba cansado. Todavía no eran la ocho y media de la mañana y no quería vivir, deseaba estar muerto. No quería que Primavera estuviera sola. Que rabia llevar aquella flor marchita entre mis brazos. Mis pantalones goteaban sangre. Pero mis brazos estaban limpios. Mi cara estaba lavada. Mi boca saboreaba lágrimas que anhelaba fuesen de arsénico.
Justo en la acera casi me desmayo. Mi estómago se empezó a revolver pero tenía que aguantar: Primavera debía llegar a los brazos de mis padres. Desorientado miraba la calle. ¿Por qué la calle estaba sola si las personas tenían que ir a trabajar? Necesitaba ayuda. Creo que levitar porque no sentía mi cuerpo.  Llegué a la entrada de mi casa y grité: ¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá, la Primavera está muerta!

 Dicen que me desmayé protegiendo a mi hermana. Dicen que todos salieron a verme. Dicen que inconsciente lloraba y temblaba. Dicen que protegía la cabeza con mi mano, que la apretaba mientras los sesos brotaban entre mis dedos.

Comentarios