TRIBULACIONES DE UNA MUJER: MARTHA Y SU HIJO: 2. ROSARIO Y HERNÁN

          CAPITULO 2. ROSARIO Y HERNÁN 


Los consuelos más sinceros siempre son dados por los padres – al menos eso es lo que creemos casi todos los que habitamos en el mundo. Sin embargo Martha opinaba que los suyos eran la especie más resingada y abusiva del universo. Dos ángeles de seres humanos que solo velaban por el bienestar y las comodidades de una chiquilla empedernida, egoísta, a quien no interesaba otra cosa que el bienestar propio. Ya sé lo que me dirán: pero si los niños son de esa manera es porque los padres los malcrían, y además después de la edad de la peseta todo cambia. Créanme, de estos cuarenta y tantos años, ninguno ha dejado de ser la edad insoportable para Martha.

Rosario siempre veló por los delirios de su hija  pero nunca al extremo de ignorar la educación. Hernán se volvía loco con sus ojazos azules mas en todo momento buscó la forma de que la sobriedad fuera uno de los grandes pilares de su pequeña. Él ya había sufrido los duros embates de una niña engreída.

Milagros su hija pequeña se había suicidado, prendiéndose fuego con tan solo 15 años, porque sus padres no le regalaron el vestido exclusivo que ofertaban en la tienda de la esquina. Y se podrán imaginar que después de una experiencia como esta el margen era la mejor solución.

No sé bien qué pasó. Con tanto cuidado realmente no entiendo que fue lo que quedó por amarrar. Martha hasta los 12 años fue una niña modelo. Inteligente, educada, que limpiaba los bancos antes de sentarse, que no decía palabrotas y que amaba entrañablemente a sus padres. Pero fue en las vacaciones de ese su 13 cumpleaños, cuando todo cambió. Ellos como cada año viajaban al interior a visitar a sus parientes y al parecer las cosas no marcharon bien del todo.

Solo sé que la niña que regresó del viaje fue otra. Reclamaba los mimos y gritaba hasta quedar afónica cuando no le prestaban atención. Le obsesionaba el baño donde pasaba la mayor parte del tiempo sin decir a nadie su propósito, mientras el rendimiento escolar bajó tanto que casi no pasa al nivel secundario. “No quiero las manos, no quiero los ojos, no quiero hablar. Déjenme en paz ustedes me cansan mucho.” – gritaba sin querer ver a nadie, encerrada a oscuras presa de la ansiedad y con un sofoco vil que engarrotaba sus pulmones. Siempre igual. Ante cada cuestionamiento de los padres: las mismas reacciones. Era increíble, y yo me preguntaba qué había pasado con este angelito. Pero el grueso de Martha estaba por llegar todavía.

Con la adolescencia progresó su aturdimiento y las llegadas tarde fueron el orden del día. Rosario adelgazó tanto que del ingreso por anemia no la salvó nadie. Martha era un descontrol total. Los nuevos amigos, el alcohol, las escapadas los sábados después de la una, el cigarro primero, las marías después, y por supuesto, el sexo.

- Se me hace difícil entender qué ha pasado Hernán.

Este se limitaba a los buenos tratos porque decía que:
- Martha no es culpable. Nosotros de alguna manera hemos sido muy estrictos y tal vez debamos comenzar de cero.

¡Comenzar de cero ¡ Iluso! Incluso charlar era perder el tiempo, todo se mantendría igual.

 Rosario no se levantó más de la cama. Debutó como hipertensa y Herán adelantó su retiro para poder dedicarse a cuidarla. La vida de Martha se había comvertido en un atolladero. No la hacían escarmentar ni las desgracias ni los problemas políticos ni el hambre ni el amor por los que le dieron la vida y el colmo de todo fue la noche en que se conmemoraban las bodas de plata de sus padres.

Como siempre se ausentó y llegó sobre las tres y media de la mañana. Hernán abrazaba a Rosario que dormitaba con problemas para respirar mientras él velaba su sueño. Los ojos trataban de descubrir una salida en el techo o repasaban las líneas de su novela favorita: El nombre de la rosa, a ver si por lo menos Guillermo de Baskerville le mostraba los signos que exhibía la vida de Martha. Solo techo y espasmos de su amada esposa enviaba la novela a su encuentro cuando sintió jadeos y exclamaciones que inundaban la casa. Abandonó la cama dejando a Rosario bien abrigada y siguió los ruidos que tenían su origen en el cuarto de su hija. La puerta entreabrió y como huracán, la algarabía removió sus sentidos.

-Sí, quiero más. Sí, dame corre. Dámela toda. - Martha se meneaba sin frenos sobre la pelvis de un hombre desnudo mientras él tocaba sus senos. Hernán vio desmoronarse sus años de cariño y los 16 de su precioso retoño al tiempo en que Martha gritaba presa de una enajenación frívola, casi dulce, pero repugnante a los ojos de su progenitor. El insulto aceleró su sangre, los dedos se crisparon por la desesperación en el momento en que sus ojos gotearon cortando su piel. Nada dijo. Tragó y encontró un cinto sobre el borde de la butaca. Depositó la hebilla en la espalda de Martha mientras las trenzas se adherían a una de sus manos y el torrente de su boca se desató:

- Puta, cualquiera, insensible. Eres una miserable descarada.

Hernán se convirtió en látigo y dejó cada una de sus extremidades en la tierna piel de la adolescente. Él hombre que acompañaba a Martha se escabulló por la ventana. Ella golpeó el rostro de su padre quien, ante un grito de Rosario, detuvo la furia con que pretendía devolver el golpe a su hija. La madre cayó al suelo entre temblores y con su último aliento solo alcanzó a decir: perdona. Martha corrió. Dejó la casa sin mirar hacia atrás y sin que importara la muerte o la despedida o el perdón si quiera. Hernán no aguantó en soledad ni tres meses. Se arrojó desequilibrado ante el primer auto que encontró a su paso. Dicen que sus
ojos se pusieron blancos cuando se le fue la vida y que la única imagen que se podía definir era la de su hija.

Martha fue encontrada seis meses después de la trágica noche en su casa. Vivía en un edificio abandonado acompañada por unos mendigos que le dieron pan y cobija. Fue llevada a vivir con una tía lejana bajo cuyos designios se negó a vivir por mucho tiempo. A los 20 años Martha se acostó con el marido de su tía para que esta la echara de la casa.
Trabajando en un Cabaret por las noches y con la compañía de Fabricio, único amigo en el mundo, pudo sobrevivir todos estos años.
Tiempo después supe que en aquel viaje al interior Martha había sido manoseada por Enriqueta, la hermana mayor de su madre, y que al contarlo todos la creyeron loca y engreída.


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