TRIBULACIONES DE UNA MUJER: MARTHA Y SU HIJO: 3. FABRICIO Y CRISTÓBAL


        CAPITULO 3. FABRICIO Y CRISTÓBAL 

Fabricio fue   el mejor  amigo de Martha  por     más   de    20    años.  La persona  a quien contaba sin reparos todos y cada uno de sus problemas.   Sin él no había solución para su vida  y comenzaba   a morir cuando al caer el día  se percataba de que ni una palabra se había transformado en puente. Fabricio fue su  sustento  y  el  padre  de      su    primer  hijo.   Si  alguna  persona de aquellos  tiempos  me escucha se espantaría. No creería realmente que Cristóbal podría ser hijo de Fabricio, un homosexual reconocido y  admirado por la comunidad gay capitalina, sobre todo por su valor para enfrentar los desplantes de la sociedad en los pesados ´80 y ´90. Pero sí, a  Martha se le había metido en las entendederas pueblerinas -  como  decía la madre - que su primogénito debía llevar la sangre de su mejor amigo. Ella deseaba que aquel fruto de sus entrañas vírgenes fuera inteligente, hermoso, de cabellos rizados y de  sonrisa  amplia. Necesitaba saber que su hijo venía encargado con la imagen literaria de cualquier héroe romántico a lo novela de bolsillo.

Fue en un viaje que hicieron juntos que ella llevó a vías de efecto su plan. Lo concibió todo y quedó en cinta. El fruto fue ascendiendo y las preguntas recrudeciéndose. Martha y nada en la boca. Ni Fabricio sabía o mejor ni sospechaba.

Parece ser que en medio de un arrebato de su vergüenza tomó una noche a su confidente de la mano y llevándolo a la Alameda le narró los hechos como fueron:    Entre tragos y marías la mente fue a parar a los matorrales del camino que sirvió como testigo. Se las agenció para “invitar” a algunos mozos a compartir del festín   y caer sobre Fabricio. Esperó  justamente a que el pobre hombre no fuese otra cosa que mareos, desafuero, pérdida de la conciencia y ganas de tener sexo. Martha se había ocupado de que los nuevos     “amigos” fueran del especial gusto de Fabricio. Cuando todo parecía apuntar a una orgía, ella cayó sobre él y se dejó penetrar mientras era ayudada por los otros para que la víctima pudiera eyacular.

 Fabricio quedó sin desganado y  tratando de hallar palomas en los ojos difíciles de su amiga cuando escuchó la sórdida confesión. La Alameda se le hizo muy chica. Su sonrisa se convirtió en perro. Su palabra una ola débil y angustiada.

 Pasados los días Fabricio se hizo recuerdo y huyó para siempre. No dio señales ni trazó palabra en el viento que  advirtiera la fatalidad, pues el mal de esta obcecada mujer estaba hecho. Se perdió en los caminos de otro viaje y ella guardó las disculpas en un cofre de hierro.

 El pequeño Cristóbal, fruto de aquella unión árida, solo sintió el mundo tres meses, después partió hacia el lugar de donde nunca se vuelve. Fabricio a nadie contó del deterioro de su salud y el pobre recién nacido pagó la obsesión de su madre. La muerte le vino a través del padre, decían. El abandono maldijo a un ser que no tenia culpa de nada, comentaban. 

La decisión de la madre fue el arma que definió la acción. Así se eclipsaron de su vida dos peldaños apreciables. Así terminó la historia junto a Fabricio. De esta manera, nubes, se hizo Cristóbal. Con el cuerpo del niño las personas también enterraron al padre sin saber a ciencia cierta por qué. Solo este que te mira sabe lo cierto en todo el enredo de esa pobre mujer.

 

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