EL ODEL DE MI NIÑEZ




 

 

A los diez años conocí a mi primer amor sin saberlo. Me di cuenta de ello casi diez años después y no me arrepiento porque se mantuvo puro.

 

A los diez años ya era un hombre afiebrado y con culpas , un hombre de mar como me dice un amigo, y me lleno de gloria por ello. Veía las cosas de otro color, la vida paseaba su estela de rasgos lilas y sin sabores entre mi dedos. Mi miembro se enardurecía con la costura de unos pantaloncitos cortos de color rojo que se manchaban de barro cuando jugábamos en el policlínico junto a la escuela y que siempre soñé con llevarlos a mi casa para lavarlos e impregnarles mi aroma.

 

Odel. Su nombre de varón completo y fuerte. La sonrisa dibujaba un aroma en todo su cuerpo que todavía a mis casi 27 años recuerdo y degusto. Negro su cabello lacio. Blanca su piel de nácar con sabor a lluvia. A lluvia de Mayo en Santiago de Cuba, a tierra humedecida por esa misma lluvia durante el amanecer. Me gustaba pensar en Odel y quedarme en la cama los días nublados. Pensarlo a solas conmigo mismo y sentir mi sexo tibio despertando, mientras mi desayuno era el recuerdo de su mano en la mía o el de su brazo en mi hombro al decir: vamos, Yase, ya es hora de irnos.


 No recuerdo bien cómo nos hicimos amigos. Creo que fue el tiempo, el contacto visual , la rutina de cinco años de primaria y el miedo a la soledad cuando dejásemos de ser niños con pañoletas para ser adolescentes de pantalones amarillos y a dejar aquellas aulas y dejsr a los amigos. Sin embargo los momentos que revivo junto a Odel son del quinto grado en adelante. Nos hicimos tan cercanos. Al parecer estábamos demasiado entretenidos con nuestras familias hasta ese momento. Lo importante es que nos vimos. Que nos íbamos juntos a las 4 y 20. Que jugábamos a los misterios en el Policlínico López Peña de la Avenida 12 de Agosto y que nos enamoramos de la misma mujer: Katia. Sí, Katia Azahares. La Katia inalcanzable, la Katia inteligente, la presidenta, la mejor mujer del mundo. Ellos los novios. Yo el guardaespaldas sin que supiesen.

 

Recuerdo que fue abrupto el cambio. Que hoy éramos él y yo , y que mañana solo eran ellos y después, mucho después, yo. Mis amigos ambos . Mis amores los dos. Ella por la ley natural. Ella porque así deben ser las cosas. Odelito porque me veía con admiración. Porque era tierno cuando lo debido era la rudeza. Yase, el guardaespaldas. Yase que seguía a seis metros a la pareja feliz. Que les miraba atravesar el parque del barrio desde la acera de los tamarindos cubanos o desde la cerca que protege los aparatos de diversión. Todo era quedo y yo no sufría estaba feliz aún cuando ninguno era mío. Mas recuerdo la tarde de aquel beso junto a la estatua del Martí en la plaza de la escuela. Recuerdo que me entró frío. Recuerdo que por primera vez no lo sentí mío a él. Recuerdo que recordé como ya no me abrazaba ni me decía: Vamos es la hora. Recuerdo que recordé que ya no estudiábamos juntos ni reíamos juntos. Y recuerdo que se tomaron de la mano y se fueron al huerto a besarse junto a la pared del aula donde alguna vez estuvimos en prescolar. Me quedé allí bajo el sol de las tres de la tarde en Santiago de Cuba sin palabras y sin espera. Solo . Más solo que la una. Como ahora mientras recuerdo al Odel de mi conciencia lejana. Después de esa tarde no volví a ser el mismo. Llegué a mi casa y lloré tanto que las pestañas se me fueron cayendo. Me encerré en el baño por cerca de una hora. No comí. No dormí. No amanecí con mi pelvis afiebrada nunca más.

 

Meses después aunque Katia y Odel rompieron : jamás volvimos al punto donde todo quedó. Lo triste es que a nuestra escasa edad de once años ni él ni yo entendíamos por qué. Solo sabía que me hacía mucha falta pero que al mismo tiempo una parte de él ya no me pertenecería. Y lo veía salir de mi cuerpo con una suavidad insoportable. Una suavidad que aún hoy duele en la remembranza. Lo extraño.

 

La escuela primaria se nos fue en un suspiro. Creo que pensamos que teníamos mucho tiempo allí . Que seríamos niños por mucho tiempo. Nos engañamos . Nos engañamos más allá de la médula. Nos engañamos sin saber. Jamás nos despedimos. Terminó la escuela y desaparecimos de nuestras vidas para no vernos nunca más. Creo que por terceros sabíamos de nuestros pasos pero jamás nos dirigimos una palabra. ¿Si me amó? No sé. Ni yo lo amaba. O mejor no sabía lo que estaba pasando conmigo. Sin embargo creo que su querer fue el más hermoso que jamás me han profesado. Es lo más transparente que he tenido frente a mí. Jamás nadie sonrió para mí como Odel. Jamás nadie me hizo sentir más importante. Por eso cuando supe que se había tirado al mar para alcanzar unas costas que nadie sabe donde quedan, sufrí mucho. Sabía que no lo volvería a ver . Que mi mejor amigo de todos los tiempos se me había ido a no sé donde por no sé cuáles razones y no nos habíamos estrechado la mano.

 

Justo en esta semana nostálgica lo recuerdo y no pierdo la esperanza de que ahora que ya no estoy rodeado de mar pueda la vida darme la posibilidad de encontrarlo.Pero de encontrar al amigo. El hombre ya es historia. El amor de niñez quedó allá en los pasillos de esa escuela pobre y  hermosa.  Las  cosas  en  su  tiempo.  Los  sentimientos  en  sus plumas de góndola para que no duelan los años ni los dolores. El amigo. El hermano que fue por mucho tiempo. Le pido a Dios y a todo lo que existe que me permita hablarle. Creo que un ciclo ya demasiado extenso culminaría para dejarme andar entre caricias de primavera.

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