LA DESGRACIA DE SER UN NIÑO COSACO
(Ensayo inestable para una obra de Teatro mal- aconsejada)
El recuerdo siempre es lúgubre porque sus contornos se definen en el miedo, la alegría o en la fascinación inerte de un movimiento engañador. Así es como al Peque- aquel niño que conocí en una isla- se revolvía en mi conciencia que juega cada día a quitarse la edad para sentirse risueña, graciosa, buen amante de los segundos.
El Peque en la esquina- de esta manera inicia mi recuerdo indecible- tiembla feroz mientras sus dientes muerden unas gotas que la iris no puede contener. Sus manos desnudas de calor alguno tocan los tobillos finos, muy finos y los sollozos ahogados por el miedo le van entrecortando la respiración.
La abuela sonríe en la cocina mientras prepara hayacas con carne. Esa madre que se queja de la cesárea mediante la cual nació, todavía no llega del trabajo. El abuelo afila el cuchillo con el que dará fin a un cerdo y los primos y las tías bailan al son de una salsa de moda. Todo es algarabío. Es 31 de diciembre y el Peque llora solo bajo la cama de los padres de su madre porque nadie sabe, porque nadie puede saber.
A sus cinco años entiende del bien y del mal. Pero es solo un niño que sabe callar y conoce de besos furtivos, de caricias de ser humano con pelos y dientes que ya no son de leche.
Hace un cuarto de hora que nadie sabe de él. Quince minutos atrás había atravesado la cocina ignorando la broma de los tíos bebedores y dejando en el olvido a la mata de tamarindos donde una mano negra, una piel sudada y unos muslos apestosos a negro sin valor, habían arrancado para siempre su inocencia. Media hora antes era un niño en flor, en ese momento era un pequeño de cuerpo en grito.
Ardía. Ardía. Podría quemar con su aliento como los fantásticos dragones. No entendía por qué en sus carnes virginales humeaban señales del deseo. Jamás comprendería por qué su espalda húmeda se adhería a la pared una y otra vez, ni por qué aquel líquido sinuoso, y más que líquido: baba, atemorizaba sus ademanes. Lo limpiaba. Lo intentaba. Sus bracitos de cinco años casi no alcanzaban. No sabía, juraba en silencio que no sabía, pero sus neuronas asumían una culpa que a su vez no le pertenecía.
Y cuando finalmente se sentó sobre sus glúteos, un dolor borroso vino a su mente. Y luego este dolor pasó a sus venas, al lado derecho del cerebro y su garganta lo convirtió en la vocal A casi a punto de salir a flote, más sus brazos amordazaron la boca y la A se fue a las vísceras, al estómago, mientras su cuerpecito herido se contrajo y descansó exhausto en posición fetal.
Y recordó unas manos que lograron un impulso para cruzar la cerca de su patio. Rememoró una risa sutil con dientes de cobra corroídos por la mugre, unos dedos de negro, un aliento húmedo y gris, podrido en ácido; y las manos preponderantes que paralizaron sus pasos en busca de refugio; y los brazos enemigos, y las caricias, y unos pelos en el pubis que se pegaron a su espalda, a su cara, y un algo extraño que nacía en el frente y de sabor tan añejo, tan candente que su paladar no podía identificar. La escapatoria era imposible.
A lo lejos la gente bailaba, las risas crecían. Sus labios obligados al silencio pedían, tomando como mediación a los ojos, que de algún sitio naciese una mirada; no obstante hasta los pájaros habían huido.
Sus glúteos sintieron un rasgado como el de los papeles de regalos cuando se forraban las libretas. Su entrepierna fue forzado a permanecer abierto... Su espalda lampiña aún, sitió la humedad de aquella baba que no dejaba de pegarse y pegarse al sitio donde se había recostado.
La mordida de la oscura dentadura fue la despedida. Imposible la amenaza. A sus escuetos cinco años comprendió en menos de diez minutos que había cosas que no se podían decir.
La madrugada lo sorprendió sobre un charco de saliva que su boca regaló al piso. Su nombre en el aire lo devolvió al intento por salir despacio de su escondite. Aquella baba estaba seca detrás suyo sin embargo los dolores proseguían. Se miró al espejo. Golpeó su rostro un par de veces y sonrió.
Estiró sus piernas y escondiendo la tristeza. Apartó la cortina y salió afuera....
-Mamá, aquí estoy.
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