TRIBULACIONES DE UNA MUJER: MARTHA Y SU HIJO: 4. EL HIJO DESEADO
Perdida, la hija de Hernán se lanzó en busca de compañía pero de una que fuera realmente suya.
- No estoy para mantener a ningún chulo ni mucho menos para resistir las charlas asquerosas de esas que dicen ser mis amigas y en quienes, por supuesto, no confío. Con la desaparición de Fabricio todo será más difícil.- Y difícil fue. Sola no llegaría lejos, por eso se dedicó a buscar quien pudiera servirle de soporte para sus malos momentos, o para que escuchara sus desgracias o para que la ayudara a salir de ellas.
Se fijó cada noche en los clientes de paso por el Cabaret hasta que enloqueció con un español alto, de cabello negro muy lacio y sonrisa despejada. Ese era el candidato, no había más que decir. Se lanzó al coqueteo y salió victoriosa. Sexo, dinero, gritos y un hijo de ella; solo de ella. Nueve meses después dio a luz al tormento de los restantes 20 años de su vida: Edgar.
Martha era un universo y Edgar otro, desde el mismo día en que el pequeño estuvo en el mundo. El niño creció distante y poco comunicativo, aún cuando Martha le acercaba las cosas - que según ella -eran indispensables para vivir. Nulo en la escuela siempre fue y de rendimiento promedio.
- Tu desgraciado padre fue muy mala elección pues ni materia gris pudo impregnar a su semen.- Le decía siempre a modo de purga desde que el niño pudo caminar y nunca se detuvo. Le costaba asumir que ella misma había cometido el error.
Enjuto pero de bella mirada. Obsesionado con volar y salir para siempre de su madre. Enamorado de las mariposas y encantado con el canario amarillo de su vecina Leonor. Ahora bien, las intensas tormentas en la existencia de Edgar llegaron muy cerca de la adolescencia cuando conoció al hijo de una prima de su madre que tornaría la vida de Martha en desequilibrio.
Al nuevo pequeño de la historia Martha lo recordaba de una vieja foto que yacía en la gaveta del aparador y que ella misma había traído una vez, cuando con esta prima decidieron estrechar los lazos perdidos, y de esta manera acercar a los chicos para que Edgar dejara de convertirse en un niño solitario. Martha plantó la semilla y debía cosechar los frutos. Un error más. Una culpa más. Algo que tener para purgar en el futuro. Un hijo que se iba alejando mientras los ojos no hacían otra cosa que buscar una carne viril, hermosa, casi nula de tan blanca.
El primer encuentro es remoto, ya nadie se acuerda de él. Edgar y el chico eran demasiado pequeños. La segunda cita martilló por muchísimo tiempo el cerebro de Martha.
Edgar se había vestido de blanco pues sabía que tendría visita. En aproximadamente cuatro o cinco años no había podido olvidar ni las manos ni la sonrisa del primo. Sus ojos brillaban mucho pero su madre no fue consciente de nada hasta que lo vio pararse en la ventana y gritar feliz: ¡Ya están aquí mamá! La mirada de Martha se perdió en la carrera de su hijo, en los primeros dedos que tocaron el manubrio, en la luz que llegada de la calle que, al abrirse la puerta, acentuó la dulzura en el rostro de Edgar. Ahí, justo ahí supo Martha que algo no estaba bien. Pero,
¿qué?
Los muchachos no dejaban de observarse, algo se retorcía en sus tripas .No decían nada. Había como miedo a quebrar el encuentro. Las madres no existían. Ellas se entregaban a sus cosas. Los niños no jugaron, no sonrieron más allá de una débil apertura de los labios, no contaron experiencias, no dijeron de sus sueños: sin embargo se vieron bien. Pero este no fue el único encuentro con Ernesto- el primo-.
Volvió otras tantas veces y se olvidaron de la sangre para amarse en silencio. Descubrieron el beso, las caricias y la eyaculación con el calor y la reserva de la primera vez, ahí ante las narices de sus madres. Y Martha olvidó el cambio en su hijo, y le pareció que se sentía bien – todo estaba en calma -, las semanas se tornaron temporadas y estaciones y los 17 años atraparon a Ernesto y Edgar visitándose en cualquier momento o creando senderos de comunicación hasta que Martha les vió amándose en el silencio, junto a las alfombras en el empolvado desván.
-Siempre lo supe... Que eras maricón siempre lo supe, una madre conoce lo que parió. Pero es más duro de lo que pensé. Asqueroso – golpeó la cara de su hijo. El tiempo. Todo volvería a ser obstinante - . Das pena. Con tu primo. - Los ojos de ambos en disputa. Ella cedió.
- Yo lo amo Martha. Yo lo amo mamá. - dijo por fin con un dolor en la voz que la madre no pudo ignorar. Ernesto con la mirada baja. Completamente desnudo se arrimó a su amante y como para agradecer la defensa reclinó la cabeza en el hombro de Edgar. - Es una pena que tú no sepas qué es eso.
Tomó al primo de la mano y cuando salían ella lo agarró por el cabello revuelto.
- De aquí no sales Edgar. Y tú corre antes de que te reprenda.- Ernesto besó la mano de su amante y salió entre sollozos con la ropa cubriendo su miembro. Edgar se puso nervioso. Miraba a su madre, veía partir a su primer amor. Un grito mudo se cuajó en su garganta y las lágrimas alimentaron al rostro. Tiró de sus cabellos y logró liberarse de
la mano abusiva. Corrió. Quedó en el portal, desnudo, mientras sus ojos descubrían a Ernesto bajar la calle, temeroso, sin saber cómo vestirse. Este fue el fin para los primos y la tumba para Martha. Los alejaron, les escoltaron. Pasaron los años. Y Ernesto se buscó la posibilidad de abandonar el país. Se habían encontrado esporádicamente y tenían una historia, pero era difícil vivir bajo tanta presión.
- Te odio mamá, no me entiendes. Te quiero ver muerta. Ojalá y unas fuertes llamas te traguen.- El dolor para Edgar y la venta de su cuerpo en las cerradas conjeturas de la capital. Así llegó su pasaporte y de esta forma abandonó a la que lo trajo al mundo.
Hoy ya no son ni Rosario ni Henán ni Cristóbal ni Fabricio ni Edgar ni el mismísimo extranjero. Hoy son la casa, los recuerdos, las lágrimas y un ácido arrepentimiento que golpea las sienes. Es el alcohol, la maría,la coca, el deseo inconcluso, el tormentoso destierro de sus propios sentimientos y la angustia por el atropello ante la verdad que se confiesa.
Hoy Martha se quita la ropa y baja del armario las fotos de los suyos clausuradas en un cofre de hierro; hoy es la niña de 12 años que sacudía el banco antes de sentarse y la sonriente escolar que amaba por sobre todas las cosas a sus padres; hoy Martha se pinta los labios, y sin sonrisas, se deja amar por las llamas que degustan cada parte de su casa.
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