TRIBULACIONES DE UNA MUJER: MARTHA Y SU HIJO: 6. EDGAR


                   CAPITULO 6.  EDGAR



Hay un universo de pequeñas cosas Que sólo se despiertan cuando tú las nombras...

Alejandro Sanz.


Hacía mucho frío el día en que Ernesto me sacó a pasear por  Chueca y la noche se cerraba lentamente. Yo era como un niño y él me cuidaba como si después de cinco años su sentido paternal hubiese sufrido algún inquebrantable milagro. Cinco años sin  hablarnos frente a frente. Cinco años de ilusionarnos solo a traves de mensajes esporádicos o llamadas ligeras. Cinco años de ver como Cuba y España se distanciaban con cada crisis agónica por la añoranza frustrada. Y recuerdo que moría por tenerlo frente a mí otra vez. No había olvidado ni por un segundo las palabras, las sonrisas, los orgasmos apagados detrás del sillón o las lágrimas en el adiós. Y ahí estaba  junto a mí otra vez. 

Ernesto  a veces era tan cercano como el último tazón de lentejas con queso servido aquella tarde en el restaurante donde trabajaba, aunque un océano nos separaba. Y entonces mi primo decide aparecer ese un día  sin avisar después de estar meses hablando. Meses en el mismo país pero en ciudades muy alejadas.  No lo podía creer cuando, al salir de turno le vi tan  formal y hermosamente. Lo abracé como si tuviese miedo de que alejara otra vez, como si fuera esta la última oportunidad de tenerlo para mi.

Me llevaba de la mano y a intervalos descubría mi cuerpo. Los ojos se deshacían en líquido mientras yo solo atinaba a decir: te extraño. En un arrebato tomó mis labios en plena avenida y susurró gaviotas en mis oídos. No aguanté mis ansias y busqué desesperado un sitio donde poder hacerlo mío. Calles que no conocía, gente que nos miraba de manera displicente y autos por doquier. Estaba espantado pero las ganas de hacerlo a mi pecho, de calar su boca y depositar su sexo en mi paladar eran más agresivas. El tráfico era difícil y yo aún me sentía en Cuba. Ernesto me abrazaba y mis ojos indagaban.

Sobre la tercera avenida descubrí entre dos edificios apagados un callejón sinuoso y allí lo llevé. Se entregó a mis fuerzas y no dijo nada. Yo hice cuanto quise mientras solo acariciaba mis cabellos. “Te amo, coño, te amo”. Decía excitadísimo al tiempo que las lágrimas goteaban en mis ropas ajadas. Esa noche supe con gusto de sus deseos por una carne viril y me penetró como siempre lo soñé. Mi primo estaba a mi lado por fin. España me lo devolvía entre nieblas y ruido, me lo concedían la ley de atracción y las noches sin dormir entregándome a las calles habaneras en busca de mi boleto. Lo veía entre mis brazos y una calma lejana me sobrecogía, me hacía volar como siempre lo quise. No obstante, algo dolía en el desconocimiento. Yo sonreía porque estaba feliz pero un lado oscuro, un presentimiento vivo enfriaba de vez en vez las fibras de mi cuerpo.

De manos por todo Madrid le contaba de Cuba, de nuestros amigos, de su madre, de la mía, de los tiempos en que jugábamos a la casita y yo traía al mundo los niños mientras él los recibía. Sonreía sí, pero no todo se transparentaba. Quería preguntar  pero el derecho volaba a más de tres mil pies de altura y yo solo medía seis. Me miraba, me abrazaba, me besaba largo rato, me cantaba Sabor a mí o me hacía cosquillas. Sus ojos disimulaban un estado que me pertenecía. Abandoné los deseos al sentir que me ocultaba cosas y me concentré en verle andar, en disfrutar de su sonrisa que creí perdida, en saberlo feliz de estar juntos otra vez.

La mañana nos descubrió junto a un lago. Todo parecía mentira pero él descansaba sobre mi pecho. No iría a trabajar, había esperado demasiado tiempo y necesitaba que yo estuviera feliz. Me limitaba a observar tal vez con muchas cosas que decir pero a medida que avanzábamos los nervios perdían su centro sin que yo pudiera controlarlos.

- ¿Qué ocurre? - Él seguía con aquella inquietante paz.

- Ernesto, sé que no tengo derechos sobre ti y sobre la vida que llevas en estos momentos, no obstante hay algo que no me deja tranquilo. No sé qué es y quisiera saberlo. Siento que las cosas no van bien, que tu amor por mí no es aquel de Cuba. ¿Qué pasa? 

 Ahí nos detuvimos por un rato. Evitaba mirarme. Los ojos se llanaron de agua. Finalmente tomó mis manos con fuerza y luego de besarlas me dejó. Caminó con prisa sin mirar atrás hasta perderse en las escaleras que daban acceso al metro. Ni pude ni llorar siquiera. Cada uno de mis años de espera, se fueron a la mierda en un segundo. La noche anterior me pareció de hojalata. Y no sentía frío aunque la temperatura estaba en 8 grados. ¿Por qué Ernesto no dijo? Pero la vida es así: te da y te quita. Mi madre era una desconsiderada pero en lo que a proverbios se refiere siempre acertaba.

Yo... volví a mis días. Empecé a extrañar a Cuba y lo único que me calmaba, con respecto a Ernesto, era aquel consejo de Amanda, la María Félix de Europa - una amiga  transexual  con la que compartí piso un tiempo - que me dijo:

- Lo mejor en estos casos, mi amor, es pensar que todo fue un espejismo. Quizás ni ese era Ernesto. Seguramente estabas ante un bebito rico de esos que se pierden en Chueca; te jugó una mala pasada y ya está. ¿No dices que se pasó la mayor parte del tiempo en silencio? Pues bien, tú gozaste y él también. Ya aparecerá tu Ernesto.

En aquel momento pensé que tal vez Mandy tenía un poco de razón sin embargo luego me di cuenta que pensaba como un tonto. Aquel era Ernesto, ¿qué mierda me pasaba? Agradecí las palabras de mi amiga pero mi primo era ese que me hizo el amor entre las espesas tinieblas de un callejón en el centro. Yo estaba en otro país pero la cordura aún no la había perdido. Ernesto era ese hombre a quien serví el tazón de lentejas con queso y me tomó de la mano para decirme: te he extrañado todo este tiempo. Era aquel que despejó sus cabellos y vi la frente y los ojos de mi infancia. No pude contenerme, lo juro. Tuve que besarlo delante de todo el mundo y él con un abrazo me cargó.Eso fue aquella tarde, que pareció ajena los días sucesivos. Que me pareció no haberla vivido nunca pero que no pude sacar de mis neuronas.

La cotidianidad me envolvió otra vez. El trabajo y la necesidad me abrumaron. Traté de salir adelante. Otras historias acaecieron. Nuevos chicos arribaron a Chueca y yo sin pensar en otra cosa que en los colores de Ernesto. De hecho cada vez que sonaba la campana de la puerta corría a ver si era él, y nada en casi un año. Cerré mi existencia al contacto con los otros. Amanda se convirtió en mi confidente, en mi única aliada hasta que la mataron unos infortunados drogadictos durante una orgía donde la flagelación era el plato fuerte. Me sentí muy solo e incluso planifiqué mi retorno a la isla pues ya no tenía sentido quedarme. Ernesto había desaparecido y Amanda también. ¿Qué haría yo en aquel país, sin comunicación, sin esperanzas, sin amor?

Y entonces sonó la campana de la puerta. Ya había pasado un año y medio. Levanté la cabeza por inercia para descubrir uno de los rostros más hermosos que he visto en mi vida. Quedé prendido unos segundos a sus facciones y vacilé cuando, al sentir mi calor, entabló el acercamiento. No dejó de mirarme en toda la tarde y solo pedía ser atendido por mí. Si bien al inicio era interesante ser el preferido, ya después se volvió tedioso y  hasta un poco frívolo.

Desde ese día comenzó a venir a última hora y se sentaba para ser atendido especialmente, “por mí”. Nadie conocía de su procedencia. Además independientemente de que vestía jeans rasgados y pullovers cortos, tenis All Star y gafas ordinarias - todo bien combinado, por cierto - no parecía cualquier homosexual en busca de sexo. Por otro lado sus modales eran refinados y las propinas sustanciosas. Los chicos comenzaron a
suponer lo “ o obvio” : se trataba como siempre de un muchacho rico de la parte alta de Madrid que a pesar de estar comprometido o a punto de formalizar su noviazgo con una guapísima joven , necesitaba darle vida a su lado gay y por ello estaba tras el calor de un cuerpo masculino.
Todo eso estaba dentro de lo posible pero yo lo que no entendía era por qué me elegía a mí. A mí que deseaba estar al margen de todo, que odiaba ser el centro de las observaciones, que amaba a un hombre – fantasma - pero con el que soñaba desde que tenía uso de razón. Era hermoso el nuevo, para qué negarlo, pero Ernesto me parecía insustituible.

La misma historia se repitió por tres semanas: las campanadas de la puerta, el asiento junto a la barra y los pedidos llevados y traídos por el latinito, o sea, yo. Ya me cansaba lo mismo. Concebirme saboreado silenciosamente por un tipo desconocido me repugnaba.

- Siéntate un rato conmigo. - Dijo al fin y aún cuando pensé que temblaría llegado este momento, la cosa se comportó más normal de lo imaginado. Coloqué su helado de almendras con crema de chocolate, luego las galletas de miel, el café, y por último el agua.

- Lo siento, pero no se me está permitido compartir con los clientes en horario de trabajo. 

- Solo deseo que me escuches unos escasos segundos. No tomará mucho tiempo, por favor. - Me lo pidió sin arrogancia y accedí. - ¿Tienes alguna pregunta? – Tenía tantas, que no sabía por cual empezar. Silencios. Silencios. - Me gustan tus dientes. –prosiguió después de mirarme detalladamente. - Los disfrutaría más si se mostraran a través de una sonrisa. Soy una persona tranquila y perdóname si mi obsesión te ha importunado en estos días. Llegué tras un poco de agua y encontré un manantial irresistible. Me encantan tus dientes, ¿sabes?, y ese gesto que realizas con los dedos me ha pertenecido todas estas semanas. Quiero saber tu nombre.

Todo me parecía tan absurdo. De hecho lo era, y más si lo que pretendía de mí era la cama, el olor, el grito. Me fui. Lo dejé con la palabra en la boca y me fui. No era libre. Su mirada se tornaba cada vez más desconcertante. Corrí al baño y lloré la ausencia de Ernesto. Muchas de las palabras de aquel chico me llevaban a los colores de mi primo.

Para cuando salí, él ya se había ido. Algo de remordimiento me turbó. Pensé que a lo mejor yo había visto lo que me inquietaba y no lo que él necesitaba comunicarme. ¿Por qué desconfiar tan ácidamente si solo me había coqueteado de forma inocente? Me había comportado como un tonto, no manejé la situación de manera inteligente. De cualquier forma si volvía le pediría disculpas.
¿Volver? Otros largos días pasaron y comencé entonces a necesitar a aquel muchacho para disculparme en primera instancia, luego para sentir que merecía limpiamente la atención de alguien luego de la despedida sin brillo de Ernesto.

Perdía las esperanzas de verle  cuando el día 16 de su desaparición se hallaba frente al restaurante en un porche lujoso. Lejos estaban los jeans, las gafas y los pulóvers cortos. Un sencillo traje Armani y zapatos Prada cubrían su cuerpo,( me interesa la moda y de lejos reconozco la Alta Costura). Su sonrisa, la mía y la puerta de su auto dispuesta a mi antojo. Nada se dijo. Esa era una noche en la que deseaba perder los sentidos. La espera por Ernesto se difuminaba y yo prefería vivir.

- Antes de echar a andar esto quiero que sepas algunas cosas. Soy Félix. Hola. Y mi padre es el presidente del país. No quiero dar vueltas ni perderme en conjeturas, ir al grano siempre ha sido la manera más eficaz de alcanzar lo que me propongo. Me gustaste desde aquella tarde y sin pretender nada que te pueda incomodar solo quiero salir contigo, conocerte… Estoy un poco confundido, sería absurdo negarlo, pero lo que más deseo es llegar al final de esto. He perdido mucho tiempo y no estoy dispuesto a seguir ausente.

Finalmente descubrí sus facciones o creo que me sentí definitivamente preparado para colocarlas en mis sentidos. Era innegable que en un momento como ese pensaba en el pasado, pero mira que cosa tan maravillosa: sin pedirlo, y sin buscarlo constituía para alguien un asidero, algo más que el polvo de cada día. Intentarlo no estaba mal, de cualquier manera si no resultaba podía retroceder.

- ¿Soy por alguna casualidad tu objeto de escape?- Me observó y dijo:

- Sí. Todos buscamos tranquilidad para escapar de algo. No obstante lo que pueda acontecer después, es cuestión de nuestros intentos. Me gustas. Te he soñado, aunque parezca trillado. Te elegí para mi primera vez y estoy dispuesto a lucharte el tiempo que exijas. Estaría feliz de que las cosas fueran positivas. Sé que no soy una persona común pero a tu lado siento que puedo sentirme así: normal.

Yo reí por fin ante su sinceridad y no me hice la vida tan complicada. Era el hijo del presidente. Tan mal no la iba a pasar. Ademas me caía bien. Observé de soslayo que los mismos hombres que lo acompñaron la primera vez que nos vimos, seguirian nuestros pasos en otro auto. O sea, estariamos protegidos. Sonreí por lo tonto del chiste dibujado en mi mente. En aquella ocasión pensé que eran amigos pues se sentaron a la mesa a comer y conversaban animadamente. Durante este reencuentro me percaté que eran guardaespaldas.

– Soy Edgar. Hagamos esto formalmente.

- Felix. Felix Jesús. Hola, otra vez. - Silencios. Primer contacto físico. Nuestras manos se estrecharon. Me pareció tierna la frialdad de sis dedos prodicto del nerviosismo. Se detuvo a mirar el roce.  Respiró profundo. Al volver a mis ojos soltó la mano con una sonrisa nerviosa- Y no te asustes por ellos, son como mis amigos. - Tomó mi mi antebrazo y me aló hacia sí para saborear mis labios. Su aliento. Su saliva. El roce delicado de sus dientes. Ahí me perdí al igual que los restantes dos meses.

Acordamos mantener nuestro romance en silencio y yo continué con el trabajo en el restaurante. Mi casa fue nuestra guarida, su sitio para la ausencia de la alta sociedad, su forma para ver las cosas en colores. Ernesto seguía en mi mente pero cada día más débil mientras el sexo con Félix – gracias a sus años en el closet- era increíble.

La tranquilidad y la dedicación en aquellas semanas, y el saber que cuando sudaba a chorros de un lado para otro en el trabajo, alguien contaba los minutos para estar junto a mí, me fueron llevando del gusto al cariño, luego al querer. Y cuando ya el amor alcanzaba nuestras aureolas: Ernesto me esperaba en la puerta de mi edificio un lunes cualquiera, casi a media madrugada, cuando llegaba agotadisimo de mi trabajo como mesero. 

Ernesto que nada había importado en más de un año, se parqueaba frente a mí. Ahora que Félix transgredía las barreras del rígido gusto, los días de mi inocencia y mis niños inventados corrían por la avenida a abrazarme. Yo - que nada había dicho de este fantasma al hijo del presidente – quedé petrificado en la acera mientras Ernesto tomó mis labios con fuerzas. Me tomó de la mano y me condujo a un arbusto en el jardin en el jardin de mi condominio. Violentó mis pantalones para apoderarse de mi sexo. Estupefacto me dejé violentar. Sus labios eran de nuevo mis golondrinas, mis carreras por el malecón, mis jugos de mango, mi helado de coppelia. Y como un flechazo  sorpresivo en medio de la calentura, su cuerpo se transformó en los años de espera, en las lágrimas por la soledad, en la noche de nuestro reencuentro y en la alegría frustrada, en las campanadas y hasta en la muerte de mi amiga Amanda. Ahí detuve todo. Nos miramos. Negué con la cabeza mientras un sabor a decepción calentó mi garganta. Lo dejé allí sin aire, con los pantalones en las rodillas, con el miembro erecto refrescado por el viento. Y me marché. Fue tras mis pasos y tuvo que dialogar para que los puentes pudieran abrirse.

Dijo, mientras se vestía, que estaba casado desde que llegó a España con una empresaria, dueña además de una de las discotecas gays más famosas de Madrid. Resulta que la mujer se enamoró locamente y él - movido por la necesidad - dio el paso. De esta relación nació Edgar, su hijo, razón por la cual continuaba amarrado a su esposa a pesar de llevar la doble vida cabrona, de tantos hijos de putas.  En ese momento comprendí que yo era más feliz, que la vida que tenía en mis manos traería sensaciones dulces.

Lloró en silencio y solicitó clemencia por su deslealtad. Yo nada dije. Besé sus labios con dolor. Encontré las llaves. Abrí la puerta de mi edificio.Justo antes de irme lo vi indefenso. Ernesto no entendía a qué lugar se había ido tanto amor. Casi dos años después pretendía dejarlo todo por mí y yo lo abandonaba en la calle sin explicación. Dentro de mí algo flaqueó un instante. Barajé la posibilidad de invitarlo a pasar pero un escalofrío me decía que si por alguna casualidad dejaba escapar a Félix la pasaría muy mal. Ernesto necesitó mucho tiempo para decidirse por mí. No creía en su amor. Yo deseaba persistir con mi camino. Ni él imaginaba cuánto dolor me producía aquello que nunca pensé realizar. Lo sentí mucho: ya era demasiado tarde para los dos. La verdad es que si la última vez que nos vimos se hubiera volteado antes de entrar al metro, yo hasta hubiese accedido a ser su amante. Hoy yo me había convertido en el desvelo de alguien y esas cosas no se ignoran. Por tanto le dije adiós y sin dudarlo tomé la desición de cerrar la puerta.
Ernesto puso su pie. Empujó la dichosa puerta. Se abalanzó sobre mí. Rogó una vez más que lo disculpara. Intentó desnudarme. Juró amarme para toda la vida y hasta me propuso matrimonio. Dudé: había mucha historia abrigando a aquel amor. Él me conocía bien, sabía de mi debilidades pero nunca imaginó que aquella retirada suya había marcado un antes y un después en nuestras vidas. Entré corriendo en el edificio mientras él gritaba mi nombre y golpeaba con fuerza la puerta. Hubo un momento en que no le escuché más y desde mi ventana lo vi atravesar la calle.

Me quedé solo hasta muy tarde en espera de Félix, y al verle aparecer en el umbral respiré hondo y le mostré la mejor de mis sonrisas. Aquella noche contamos nuestros secretos. Por primera vez me vio llorar. Me abrazó como todas las noches. Y lo hizo las sucesivas hasta la de hoy en que lo veo dormir tranquilo mientras Goya y Tiziano , nuestros hijos, descansan en la habitación de al lado.

Luego de tres años he visto a Ernesto acompañado por su esposo en las instalaciones del Corte Inglés. Es por ello que lo recuerdo a través de estas líneas. Le tan sereno que me pareció no haberle visto jamás en la vida. Me puse nervioso al abrazarle y sollocé un poco. Miré a mis niños y regresé a la vida. Ernesto pronto tendrá los suyos a parte de Edgar. Según me dijo, me recordará siempre.

Hoy todo es raro y me parece loco el mundo en el que existo. Me siento abrumado y pienso en mi madre. ¿Qué estará haciendo? ¿Se acordará de mí? ¿Le agradará saber que tiene nietos y que son felices? Extraño a mi madre. En cualquier momento tendré que regresar a Cuba.

Madrid, 22 octubres del año 2012

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