ENTRE HIGOS TÉS
A mi madre querida que no se aparta ni un momento se mi lado
A mi Mimi,
A Tongo
A papi
Y a mis amigos todos por supuesto.
Esta es una historia tonta que nació con el despido de mis últimas ganas de volver amar y el regreso a mi ciudad, venido de la capital, luego de casi un año de estudios. Una Santiago de Cuba que me resultaba extraña y en la que había vivido 22 años de mi vida. Gente indiferente, suciedad, morbo arquetípico, mendigos inteligentes que se abalanzaban sobre los extranjeros en busca de un medio para comprar cigarro popular. Poca comida, mis padres en crisis y mis hermanos al acecho de la confesión: soy gay. Mi boca que no se atrevía a articular. Mis constantes huidas a unas calles ásperas por el sol. En Santiago hace un calor insoportable.
Sobre estos presupuestos conocí a aquel chico de gafas, imaginario, mío. Sí, mío más allá de lo poco creíble de nuestro contacto, más allá de lo peliculero del encuentro.
Esta es la historia.
Andy ignora los autos. Es diciembre en sus finales y el frío que ambienta la ciudad le hace llevar las manos a los bolsillos. Descubre a veces, en las paredes, trazos e irregularidades que motivan nuevas ideas. A su lado corre el ómnibus, le separan unos metros de la parada pero continúa despacio. Observa partir al transporte. Se irá en el próximo.
Un niño deja la mano de su madre y se echa a correr. La madre replica, su padre lo toma del brazo: surge entonces el llanto del infante. Andy niega con la cabeza. Queda prendido a la escena y al volver el rostro casi tropieza con un hombre que le tritura con la mirada. Cuello donde ya no cabe una sola cadena, cuerpo vestido a la moda de 50 CENT. Se limpia el hombro. El muchacho calla y continúa.
En la esquina de la iglesia una mujer llora sordamente. El marido le pega, tira de sus pelos. No puede el joven más que dejar la acera para los nuevos protagonistas y tomar la calle. Devora los metros. Toma asiento en el bordillo. Se escuchan todavía los gritos de la mujer escarnecida. Va sumiéndose en sus pesares y la patética representación deja de existir.
El parque de Céspedes donde estuvo hace unos 30 minutos, ha dejado calor en los zapatos. Vuelve a su paseo por entre pequeños impertinentes montados en bicicletas o en el carretón tirado por un chivo en contra de su voluntad. Las personas ríen a carcajadas mientras él escurridizo, huye. De improviso mucha sangre cae del cielo. Corre desesperado por entre calles que conocía pero que ahora resultan atípicas. La gente tira puñales por los balcones. Se adhiere a unas paredes musgosas hasta distinguir a un hombre que en la esquina abre su capa lila y se desplaza desenfrenado hacia aquel cuerpo. Es abrazado. Se siente protegido. Llora con una sonrisa buscando la mirada del grueso señor. No hay ojos. Comienza a faltarle el aire, un fuerte mareo invade sus sentidos. El supuesto bienhechor lo ha apuñalado por la espalda. Emana sangre. No logra sacar el cuchillo. Queda solo, todos se han ido. Va falleciendo y en el charco dejado por el líquido que corre, divisa un rostro alegre. La imagen le dice: “Por favor, ¿me puedes decir la hora?”
Un joven, lo ha tocado por la espalda. Andy regresa. Andy abandona aquella idea apocalíptica.
- ¿Me puedes decir la hora?, por favor.- Andy observa sus muñecas sin embargo no dice. El otro profiere: - Gracias. Voy detrás de ti. – Toma distancia el recién llegado con cierta molestia que Andy no entiende o que mejor no le importa. A intervalos mira discretamente a Andy, que ignora todo cuanto ocurre: Un señor pide el último. Se observan los anteriores asistentes. El otro se hace cargo. Se acomoda el señor en los bancos del frente y nuestro protagosnita poniéndose de pie camina unos pasos. La noche se va haciendo más oscura. Es tarde y diciembre no perdona con su baja temperatura.
El espectador de la violencia urbana de hace tan sólo unos 20 minutos, se desplaza, casi intranquilo, por la calle de frente a la ruta que debe tomar el ómnibus y en uno de los instantes en que lleva nuevamente la mano a los bolsillos, se percata de que es observado. Comienza a mirar con el rabillo del ojo, va tranqueándose los dedos. En un arranque sorpresivo atrapa al espía en el mayor despliegue de su arte y luchan. Es el muchacho que un rato antes le había tocado. Vacilan ambos mas Andy abandona el juego posicionándose en la acera contraria. El investigador de la hora, continúa en su empeño de descubrir tras los ojos del otro, que recorre con las manos su rostro y que apoya los codos en la rodilla para con la cabeza gacha descubrir el suelo.
Luego de un rato eleva su mirada. Observa al joven que va detrás de él en la cola, reírse a carcajadas, pasarse los dedos por los labios, sacar su lengua mojando la parte inferior de la nariz y se pone de pie. Marcha hasta el bordillo y cruza. El muchacho que no deja de mirarlo ni un instante, rompe el regodeo, se abalanza sobre el interlocutor mirando con ansiedad por donde debe llegar el ómnibus y grita. Alza la voz hasta desgarrar sus cuerdas vocales. Andy no escucha, todo le parece como una gran pantomima. Continúa hacia su objetivo. No duda. No mira a ningún lado. Solo cuando siente a su derecha una sombra inmensa gira pero ya es tarde, la guagua no ha podido frenar a tiempo. Es golpeado. Los sesos se despliegan sobre el pavimento, la sangre lo cubre todo.
Siente el calor de un gesto sobre su hombro:
- ¿Eres el último? – No responde. Busca a su alrededor y todos están en su sitio. El penúltimo en la cola no ha dejado de apreciarle. El viejo duerme recostado al poste. A esta hora de la noche no hay quien se mantenga en pie y más si el frío incita a la colcha, al calor de una habitación que sabe a ti. Vuelven a preguntarle y mirando al señor, anuncia la partida para el nuevo extraviado.
Andy está de pie. Decide cruzar la calle. Pisa bajo el bordillo. Mira a su derecha entretanto el otro le secunda en el movimiento. ¿Qué podrán expresar unos ojos ansiosos, en circunstancia como esta? El acechador esboza aquélla sonrisa queda, que se manifiesta sin prisa, donde la paz emana y es contagiosa. Andy no puede más que respirar hondo y alzar la mano:
- Andy.
- Josué, es un placer.- Son estrechadas las manos. Andy escéptico todavía se deja llevar. Ambos olvidan todo, fijándose solo en la unión. Disfrutando de su calor. Solo la sensación de tranquilidad permite el sostén. Que ausente de sus días. Andy se creía inexistente. Ahora Josué no sonríe solo. Se retiran las manos con pesar y Andy no sabe por qué. Josué no hace otra cosa que oler el perfume que ha dejado su interlocutor. Andy frota sus manos mientras descubre por fin a su interlocutor. Mediana estatura, cuerpo de músculos definidos, tez blanca, ojos crema escondidos bajo unas gafas de precoz intelectual: “seguro estudia Física, Química o Matematizas en la Universidad de Oriente” – pensó. Labios pequeños, un poco cenizos. Acentuada mandíbula y pómulos enrojecidos.
-¿Te gustan los higos?- Ha preguntado Josué.
-No sé, jamás en mi vida los he probado. Además no suena bien el nombre, debe saber como el chote, o la berenjena, y créeme, ninguno de ellos me gusta.- Silencio. Josué no dice nada. – ¿Los has comido?
-No. Pero estoy convencido que cuando lo pruebe me van a gustar. Solo en revistas de cocina he visto que los aprovechan de disímiles maneras y sé que muchas personas lo comen seco, o en fruta. Sueño con comer higos, muchos higos o ficus como le llamara.....- Se contiene. Respira. Frota su nariz y dirige la mirada en otra dirección.- Tal vez te parezca raro,- continúa-pero soñar con los higos es como pensar que todo va a poder realizarse. ¿Me comprendes?
-Quisiera…
- Es sencillo. Desear comer una cosa que jamás he probado es como pensar que me puedo arriesgar con lo tentativo.
-¿Y no temes equivocarte? ¿No le temes a la aventura de que finalmente los higos te puedan amarrar la boca?
-No; y soy absoluto en ello.- Dice Josué y a Andy se le excitan los sentidos.- Si finalmente amarra mi boca, creo que sabré reconocer el fallo de mi obsesión. Pero.., ¿y si no? Creo que mejor mantengo mis ansias de probar el ficus, y luego veremos. – Andy queda pensativo. La guagua llega al fin. A esta hora siempre el ómnibus se encuentra vacío. Tomaron lugar junto a la puerta. De pie.
El diálogo y Andy como el más conversador. Josué lo mira hacer y observa detalladamente cada parte del cuerpo activo que proyectaba un estado de ansiedad increíble.
- No te puedo creer que vivas tan cerca de casa y que jamás te haya visto.- Ya la guagua los ha dejado. Dilatan un poco el tiempo en la parada. Temen que la fantasía llegue a su término.
- Pues sí….Ahí vivo.- Josué señala un edificio que les queda a unos 20 metros de distancia- En el segundo piso. Lo que ocurre es que desde pequeño pasé mucho tiempo con mis abuelos en el otro extremo de la ciudad, en Vista Alegre. Además la secundaria la hice en Espino Fernández. Luego vine para acá con mis padres.
- Yo vivo en el edificio blanco. En aquel. Justo frente al correo. Es increíble lo pequeño que es el mundo… - sonríe.
– No, más que eso, el mundo es un pañuelo. Así dice mi abuela cuando pasan cosas como estas. Mi abuela querida,- piensa un instante- tengo tantos deseos de verla.
- ¿Es muerta?- Nada dice Josué tan solo le mira igual que la primera vez.-Disculpa.-Esquivo busca escapar de los ojos que le interrogan.-“ Ya me estoy incomodando un poco, cada vez que se queda así con la mirada en otra dimensión, me observa de forma tan rara.” - `pensó Andy sintiendo en el fondo el placer de ser adorado.
- No te preocupes, no pasa absolutamente nada. Si lo dices porque me quedé mirando tan fijamente, olvida eso. Mi abuela está más que viva allá en Baracoa. Además, mis ojos van tras la huella de una necesidad que motiva mis deseos hace unas dos horas aproximadamente.- Se miran. Ahora de forma más extraña. Andy se siente presionado.
- Bueno…, ha sido un placer, pero ya es tarde.- Se apresura a decir.
- Sí, yo también lo creo. Es mejor ir a la cama.-Alza su mano y es recibida por Andy que esta vez no duda en retirarla con prisa mientras divisa una sonrisa pícara.- Ya nos veremos. De cualquier manera vivimos muy cerca ¿no?- El mutis y una nueva interrogante en Josué:-¿En ti a qué equivalen mis higos?
- Realmente no tengo esas fantasías pero desearía tomar una infusión traída del Tíbet. Yo adoro el té.
- ¡Qué bien, cada cual tiene su algo tentativo que lo mueva a probar¡ Porque tú nunca has probado una infusión tibetana ¿no?
- Pero aún así no creo que se puede comparar con tus higos.
- Ok, está bien. Hasta….. Otra vez.
Andy solo alcanza a afirmar levemente con la cabeza. Sin resistir, se buscan de vez en cuando y sonríen. La entrada de cada uno a sus edificios es la vuelta a la realidad. El tiempo devuelve la duda. El maldito desconcierto canta y ya creemos ser muy poco. Cada cual a su rincón creyendo que lo vivido no fue más que una alucinación.
Josué piensa al llegar a la entrada de su departamento, mira hacia atrás y duda en volver a empezar. Saca la llave. Corre a la parada. Observa el lugar por donde partió el compañero. Se dirige a su edificio. Descubre la entrada. Retrocede. No hay fuerzas para más. Mejor dejar la ilusión. Es difícil pensarlo pero aún hoy somos presos de ideas donde se cree vivir sumidos en un profundo deslumbramiento.
Andy introduce la llave. Accede a su casa y enciende la luz. No estudia mucho la vuelta. Ha demorado más en llegar. Vive en piso cinco. De la parada a su casa 20 metros se convierten en 40. Ademas iba pensando en Josué. En su vulnerabilidad. En su sabor.
El chico del segundo piso repasa las escenas bajo la ducha, sonríe, frota su nuca. Al rato entre delirantes suspiros seca los cabellos y refugia su rostro en los encantos del espejo, no sin antes guardar sus ojos tras las gafas. “Seguro que come tranquilamente, sin prisa alguna y considera entonces que soy un atrevido afeminado que absorbe y desafía a los desconocidos. Lo innegable en toda esta historia es que a pesar de ser un poco escurridizo, es lindo el muy cabrón. Muy lindo. Pelo crespo, piel morena, cuerpo envueltico en carne, culo considerable y palabra educada. Tal vez es actor, locutor o aprendiz de buen lector en voz alta. Es probable que sea narrador oral”. – Piensa y quitando la última gota de su mejilla vuelve sobre el camino dirigiéndose a la cama. Un pensamiento llamado Andy y los miembros, como obsequio a Morfeo.
Andy ingiere la comida sin muchas ganas junto a la ventana, tratando de apreciar la serie: ESPOSAS DESESPERADAS; que los vecinos del edificio del frente disfrutan a esta hora de la madrugada. Desea escapar de los recuerdos sin embargo se siente extraño. Hurga en los otros apartamentos sin embargo solo los del tercero continúan con las luces prendidas.
La puerta de unos de los cuartos se abre. Aparece la madre, que se estira un poco. Él no le ha hecho caso alguno.
- ¿Qué miras?- Pregunta la señora antes de entrar al baño. Su hijo aún con los ojos adivinando las imágenes del exterior ni siquiera respira ante lo dicho. Al terminar sus necesidades. - ¿Te pregunté hace un momento por lo que mirabas? ¿Te parece que estoy pintada en la pared? A ver, - se acerca
- ¿qué es en definitiva lo que te interesa?
- Nada mamá. –Se ha puesto de pie para evitar que alcance a ver sus imágenes.- Solo trataba de ver la serie que proyecta el televisor allá al frente.
- ¿Y por qué no enciendes el tuyo?
- Porque no mamá.
- ¿Estás alterado por algo? Mira que yo…..
- Ya ni a la una de la madrugada puedo comer en paz. – La interrumpe y deja sobre la mesa el plato a medio ingerir.
- Obsérvate cómo estás que ni siquiera te ha dado por cepillarte con lo religioso que eres con eso, o bueno, que eras; porque te lo has saltado hoy.
Sin remilgos, la señora prueba la comida dejada mientras Andy se lanza en la cama sin desvestirse, llorando y lanzando los muñecos al suelo. Muerde la almohada y se coloca en posición fetal, con los ojos fijos en el oso color crema que un día le obsequió Ernesto: su primer amigo. Los ojos van perdiendo fuerzas. Las imágenes toman confianza. Un parpadeo débil presagia la llegada de los ensueños y se abandona la mente en los albores de un adiós dado por Josué en la penumbra.
Andy deja los zapatos a la vera del camino y prosigue andando sin considerar la molestia. Descubre un mundo donde las personas desayunan a las tres de la madrugada y los niños corren sin madres que los re-frenen. Algunos hombres abrazan apasionadamente a otros hombres para luego saborear sus labios sin que importe la vista acusadora de muchos que adolecen de no contar con el valor para hacer lo mismo. Hay quien desnuda su cuerpo y lo mira a los ojos. Él se ruboriza, abandona el juego y parte con velocidad, rebuscando si saber qué. Aquel joven que una vez le preguntó la hora desde el charco de sangre, le prohíbe el paso: “¿Qué buscas?”. Quedóse en silencio observando la limpieza del rostro que se ofrecía y al tratar de tocarlo la mano fue retirada con rapidez, secamente. “Yo…. Busco mi oso color crema”. El interlocutor indicó un camino a seguir y Andy tomó la ruta sin nada que alegar, sin volverse. Y entonces una casa llena de pétalos, brindaba su pórtico. El muchacho anduvo hurgando en los intersticios. “¿Hay alguien aquí? “. La respuesta: su eco. Al final de la vivienda un señor fabrica unos zapatos tomando del suelo la corola de las flores. Taciturno el hombre, sin verbos Andy frente a la belleza de aquellos diminutos zapatos como hechos para muñecas. “Todos los niños han interpretado este poema…” – dijo finalmente el anciano, tranquilo, sin quitar la mirada de su trabajo. “ Yo nunca pude, los maestros no me seleccionaron por mi color. Aún en estos tiempos ser así impide muchas cosas”. El señor abandona la habitación y deja los zapatos sobre la mesa. Andy corre en su búsqueda y tomándolos siente como le atraviesa la garganta un nudo. No llora. Los acaricia con la mejilla y cierra los ojos.
El claxon de un carro en la calle, justo frente a su ventana, desvía su somnolienta atención. Lo devuelve al día en un susto que lo obliga despertaste. Gira tres veces sobre si y un presentimiento le hace ir a la ventana. Allí está Josué con su perro. Anda despacio y no mira hacia su apartamento. Parece sereno. Carga algunos mandados y Andy lo ve perderse en la distancia.
Las doce del día. Se apresura pues recuerda que tiene un compromiso muy importante. Patricia le espera para el desarrollo de los temas propuestos por el profesor de Psicología. Mientras se prepara, va preguntándose por qué un actor tiene que estudiar a Foucault de forma medular. ¿ Acaso no sería más fácil dirigir la investigación hacia lugares de mayor precisión? No puede responderse, ya cierra la puerta.
El ómnibus se acerca y Andy se aproxima como las demás personas al contén de la acera. Comienzan a subir despacio. El joven se desespera por la lentitud. Ya dentro, se precipita hacia la puerta y no puede evitar que la escena de la noche anterior se proyecte muy rápidamente cuando desde arriba observa todos los contornos de la parada.
Durante un largo espacio de tiempo desviste a los que andan afuera, tratando de encontrar historias que le permitan dinamitar al suya, pero el calor de unos ojos mortifica su nuca. Lleva las manos al sitio que le aqueja. Voltease lentamente para llegar al origen de su inquietud y descubre unos ojos crema ya conocidos. Las personas no le permiten definir el rostro pero la mirada ríe. Busca, no acierta con el dueño. La próxima parada permite el encuentro. Andy se siente confundido. Busca el cristal. No hay apariciones. Josué le observa quieto sin sonreír. Se miran casi sin pestañar. El cuerpo responde fríamente como si fueran aparecidos o se hubiesen reencontrado después de haber compartido, extrañamente, el mismo sueño.
Dejan de comerse con la vista. Josué comienza a llorar con la mirada perdida en la existencia que corre tras el ventanal, recordando las palabras de la persona que le llenó de ganas por probar el higo: Samuel. Lo había depertado ese dia la llamada de aquel a quien deseaba olvidar y cuyas luces presentía aún con fuerza. La contestadora como intermediaria y los deseos agonizando ante la tentación: “Josué, necesito verte. Me muero por verte. Ven , por favor.” Las lágrimas cortaron aquellas palabras y ahora desde la guagua, ante el chico de su renovadora motivación, era incapaz de saber si creer o no en Samuel.Se despeja el ómnibus. Están uno junto al otro. Andy ve triste Josué y lo inundan muchas ganas de saber qué pasa. Se resiste. Vuelve al cristal, la confusión se ríe a su alrededor.
-¿Soñaste con tu infusión traída del Tíbet?- Josué le ha susurrado al oído. Andy cierra los ojos e imagina la boca. Tiene ganas de besarla sin embargo sonríe, mientras goza el roce de las manos.
- No. Aún espero porque lleguen con los higos. – Se gira levemente y disfruta el asombro de su interlocutor al tiempo que roza con su brazo el abdomen del otro.
La puerta deja la vía libre a los que continúan por senderos foráneos. Ellos también se lanzan a caminar por las arterias citadinas, saboreando las grietas que muchas veces y por apuro, no sentimos nuestras. Olvidan todo. Se entregan a la palabra. Las frases ya no fueron destellos para entablar una forzada amistad sino que se filtró la necesidad de llegar a un punto que tiritaba y pedía a gritos su merecida atención.
Aquel parque central, cuyos efluvios fantasmagóricos de otros tiempos llena la vida del pueblo que delira por lo que no muere, acurrucó las ansias y los miedos de dos que no empezaban en el práctica de indagar o volver a empezar pero sí, en el arte de amar. No tuvo precio el abrazo de aquellas horas en que el presente deja de ser presente y las personas son solo el pretexto que tiene el karma para hacerse sentir. “Nos engañan los relojes, el tiempo tiene ya horizontes.” Así dijo Lorca un día y de la misma forma había abandonado Cronos a Andy y a Josué muy a su favor, por cierto.
La hora 20 se aproximó lentamente y las campanadas de la catedral precisaron el arribo. Cesaron las palabras. Pasó un ángel. Josué miró su reloj y ensombreció su mirada. Andy: interrogante en los ojos. La mano trata de salir en auxilio de un rostro que pide desesperadamente ser acariciado. Mas que pregunta, contención. Piensa: “¿Por qué no me dejo llevar, si es lo que deseo? ¿Qué mierda me pasa Dios? Me… … … No… No… No lo puedo… No lo puedo negar. Me gusta. Ya Ernesto fue. ¿Por qué no actúo si es lo que me pide el cuerpo?”
-Creo que mejor nos vamos.- Josué se ha puesto de pie. Andy le observa y sonríe discretamente primero. Continúa diciendo:- ¿Qué te da gracia?
-Nada. Solo que… Me agrada tu …. Me gusta mucho tu mirada. – Despacio toma las manos de Josué entre las suyas y sin prisa plasma un beso. El segundo no puede dejar de reír muy bajo cuando realmente quisiera grita. Silencio. Las ansias se tejen y estallan en sonrisas cómplices, ocultas en la mano que protege la boca.
-Gracias. Necesitaba de esto.
-Aún así continúas un poco extraño.
-Es que no me gusta estar solo. Mis padres están de viaje y no quiero quedarme con mi tía.- Se sienta resuelto como quien ha descubierto la alquimia de un irresoluto problema.- ¿Por qué no me acompañas esta noche?
-Lo siento, pero no puedo. Mi madre no me dejaría para nada dormir fuera de casa. – Miente. Andy está nervioso ante la posibilidad de concretar lo que desea. – Además, debo respetar la casa en la que vivo. Jamás he dormido fuera y…..
-Está bien, no te preocupes por darme un sinfín de justificaciones sin en definitiva, nos acabamos de conocer. O mejor, aún ni nos conocemos del todo.- Intenta irse.
-No es tan así. Entiéndeme por favor.
-Respóndeme una cosa, ¿tú quieres acompañarme esta noche, sí o no?- La respuesta vacila un poco. Andy desea salir de la maldita encrucijada mas no sabe cómo. La mirada de Josué presiona. Todas las escapatorias han sido vedadas.
-Sí… Sí quiero pero…..
-Me es suficiente con eso. Ojalá y nos encontremos por ahí. Iré. No, será mejor retirarme a mi ponderosa mansión.- El interlocutor degusta la ironía, mientras, Josué se aleja.
Tiempo después Andy contrariado, antepuso sus intereses a todas las réplicas ofrecidas por la madre. Las discusiones parecían no acabar y él trataba de escapar a la calle pero se detenía al llegar a la puerta. Se recostó sobre las 10 y el sueño no se asomaba. Dio vueltas en la cama. Rasgó los posters de las paredes. Quitó las sábanas y golpeó la puerta sin importar el escándalo de su madre. Lo pensó mucho. Divagó. Luchó contra sí mismo. Se golpeó y terminó cayendo ante los ruegos de sus deseos.
Josué sin muchas ganas pone música suave mientras bebe de una botella a medias dejada por su padre. Ana Belén canta apasionada: Peces de Cuidad y sedentario, llora. Toma un gran trago. Siente calor. Enciende el ventilador de techo y va despojándose de las ropas hasta quedar en calzoncillos. Sube la música, baila, canta.
- “¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?
Al país donde los sabios se retiran
Del agravio de buscar labios
Que sacan de quicio
Mentiras que ganan juicios tan sumarios
Que envilecen el cristal de los acuarios
De los peces de ciudad
Que perdieron las agallas
En un banco de morralla
Que nadan por no llorar.”
Cae en el sofá y presiona su centro un grito que no tiene cuerpo, que lo dobla del dolor, que lo vuelve niño, que le sabe a oscuridad. Un brusco movimiento de los pies hace caer la botella, que descansaba en el suelo junto a la esquina del mueble. No se agita más. Los ojos fijos en la puerta que lleva al balcón y los sentidos sucumbiendo a la enajenación de la droga. Acaricia su pelo diciendo: “Josué, necesito verte. Me muero por verte. Ven, por favor.” Él solitario intenta tocar aquel rostro pero la evocada figura de Andy le sonríe desde la puerta y él evita el gesto.
- "En Macondo comprendí
Que al lugar donde has sido feliz
No debieras tratar de volver.
Cuando en vuelo regular
Surge el cielo de Madrid
Me esperaban dos pies en el suelo
Que no se acordaban de mí.
Y desafiando el oleaje, sin timón ni timonel
Por mis sueños va ligero de equipaje
Sobre un cascarón de nuez
Mi corazón de viaje.
Luciendo los tatuajes
De un pasado bucanero
De un velero al abordaje, de
De un no te quiero querer.
¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?
Al país donde los sabios se retiran del agravio
De buscar labios
Que sacan de quicio.
Mentiras que ganan juicios tan sumarios
Que envilecen el cristal de los acuarios
De los peces de ciudad
Que perdieron las agallas
En un banco de morralla
En una playa sin mar."
Con insistencia tocan a la puerta y Josué lo siente como un sonido sordo. El impaciente visitante no deja de dar golpes, ignorando incluso los reclamos de alguien que pretende dormir. El dueño de la casa saliendo de su letargo escucha más claramente los toques sin prisa decide abrir. El manubrio, el giro, la apertura y Andy. Josué se tambalea. Los brazos del otro le protegen de caer. Llora con fuerza y grita. Abraza al recién llegado. Se incorporan. La desesperación aclimata sus motivos. Los labios chocan con ímpetu sin embargo la quietud preside luego de la furia. Se contemplan, se quieren. Corren dejando las prendas y por fin tocan. Sienten el calor de sus cuerpos y deseando estirarse abrazan los pechos. La lengua saborea todo a su paso. Dedos, nudillos, manos completas se esmeran en hallar sentido para la ruta de la excitación. No hay prohibiciones. Los besos desean sentirse vivos y la boca se entrega a dicho reclamo mientras Andy lleva la mano de Josué a su ano. La empuja con fuerza. Descubre el pulgar: lo introduce. Se agita. Solloza. Abre los ojos, traga, se mueve, siente el entrar y salir, ya no de uno si no de dos dedos. Josué succiona pensando solo en realizar fantasías, colmar de placer al otro, sin que importen las zonas. Los falos se adhieren. No hay límites. Gritan al unísono con cada roce. Buscan el aliento, sus salivas, los dientes, el alma. Sienten que los deseos dan para llegar al interior. Lo intentan. Se creen capaces de llevar a la cúspide el espíritu que se les brinda. Las tetillas se vuelven recursos. No hay orden cuando volvemos a tornarnos peludos, irracionales, salvajes, ignorantes,¿inofensivos? Nada se dijo que no fuera: ¡ ay , me gusta¡, ¡ sí, sí quiero ¡, ¡más, por favor ¡. Olvidan que habían nacido para convertirse en reflejo de anhelos ajenos y no pensaron más que en lo que sus sentidos pedían: placer para sí mismo y luego volver a nacer.
Andy se acuesta en la cama. El sudor de su piel bronceada moja las sábanas. Josué se tiende sobre él. Muerde cada parte brindada bajo la promesa de colmar los apetitos. Su miembro hurga en la cavidad anal de Andy, después de ser protegido. Andy ignora cualquier dolor para menear su cuerpo sobre el pene del querido y abrazados jadean con desesperación. Cuánto querían llegar, pero juntos; cuánto besar para excitar cada vez más. El momento no puede ser más inquietante. Josué agarra las sábanas y tira con poderío desgarrándola mientras tiene un orgasmo dentro del amante. Se dobla tratando de contener la irrefrenable cosquilla. Llora en los hombros del otro. Lo mira con calma, acariciándolo, besándolo todo. Preparando el terreno para Andy, que lleva una de sus manos a la cabeza de Josué mientras este succiona desenfrenadamente. El último llevaba el miembro todo a la boca, y los testículos, y toda la cobertura seminal. Andy se masturba a petición del otro. Corro sin frenos sus labios y grita estrepitosamente luego:
- “Coño, no importa nadie. Soy yo, los demás no importan.” – El momento fue propicio para la eyaculación, que Josué lleva a todo su rostro. Andy da golpes en la pared y con ambas manos tira de su pelo. Entre lágrimas y risas quedan mirándose por un corto espacio de tiempo. Luego Josué ofrece su espalda para que sea custodiada por el pecho de Andy.
Los sorprende la mañana acurrucados. Desnudos. Abandonados al gusto. Pero fueron varias las auroras que se sucedieron, donde ellos eran protagonistas con sus pieles y carnes abiertas al aire.
Abren sus sentidos a las formas de lo secreto y reconocen cúpulas de anhelos tras el efímero parpadeo de los gustos. Andy huye de su casa siempre más temprano y espera el nuevo día junto a esta inquietud que se llamaba: Josué. Comen, se bañan, y juegan a ser una familia que sí se preocupaba por los suyos, enloqueciendo ante la posibilidad de la ausencia. Las calles de esta ciudad saben de todas sus caricias a ocultas y al descubierto, y no hay un lugar de la casa que desconozca el contorno de aquellos cuerpos en éxtasis.
- Yo estudio fuera de la ciudad. Bastante lejos. Estos días han sido hermosos pero tengo que irme. – Josué nada alega. Prosigue comiendo. Realmente es imposible decir cuántos ángeles son testigos de la reunión. Toma agua y finalmente descubre los ojos de Andy, que le han mirado desde el primer momento.
-¿Me río o… qué rayos hago…? Dime, porque es inconcebible que llegado el punto de esto; salgas ahora con el numerito de que:” Yo estudio fuera de la ciudad. Bastante lejos “.- Se ha puesto de pie.- Me usaste para sacar tus fantasmas y ya, ahora te retiras. ¿No es eso?
-Espera un momento, Josué. Yo no pedí conocerte, ni mucho menos exigí estar aquí. Me has ayudado mucho, y soy capaz de reconocerlo, pero de una cosa puedes estar convencido y es que no te utilicé. Me interesas…., me gustas mucho…. La hemos pasado…. Bien ¿o no? – Josué se niega a responder pero lo mira.- Estudio actuación en La Habana. Curso el segundo año. Nos conocimos por las vacaciones de invierno. Yo no quiero hacerte daño.
-¿Por qué esperaste tanto?.... No, no me digas mejor no me digas. Nada de lo que puedas decirme hará que las cosas tomen otro curso. ¿Qué pasará?
-No sé.- Josué comienza a llorar y rechaza la ayuda. Busca asiento en la sala mientras Andy continúa en el comedor jugando con los alimentos. Josué le mira tranquilo y el dolor más se acrecienta.
-Me engañaste.
-No.
-Sí.
-No, no, no y no. Yo jamás pensé en utilizarte. Solo dejé que las cosas se fueran sucediendo para lograr decirte todo en el momento adecuado. Me he sentido muy bien contigo.- Se encuentra de rodillas. Tiene el rostro de su interlocutor entre las manos. – Desde….. Bueno hace muchísimo tiempo que no me siento yo, con alguien. Eres dulce, atento, divertido…, inteligente. Parecerá cursi pero así lo siento. No me mires de esa forma, yo no me puedo quedar.
-Soy inteligente, dulce, atento….divertido, pero….. Te vas y me quedo ¿cómo?: Esperando la carroza. Y ni pensar en otra cosa porque no será la historia de Brockback Montain
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-Josué yo no puedo viajar….. Dejando….. – Se observan y las lágrimas surcan el rostro de Josué. Andy se contiene. El nudo en su garganta no le permite continuar. Coge unas llaves que yacen sobre la mesa y se macha.
-¿Cuándo te vas?
-Pasado mañana.- Sale
-Espera.- Está en el pasillo. Andy lo aguarda junto a la escalera. Josué lo abraza con locura y se besan arrolladoramente. El que partía coge al otro por los hombros y lo tira contra la pared. Desabotona la camisa con prisa. Succiona las tetillas deseando que la carne se rinda a su pasión. Josué introduce la mano en el pantalón de Andy y así comienza a masturbarle. Besan sus cuellos, sus bocas, sus brazos, sus abdómenes.
-Esto… no, no. – Andy ha detenido el acto. Josué sin entender, abre los brazos y deja caer sus pantalones mostrándose completamente desnudo.- No puedo hacerlo. No de esta forma. Me importas demasiado y siento como si fuéramos un par de bestias que buscan matar el celo. La pasión me ha enriquecido, sería un asesino si la golpeo con algo así.
-Mírame… Yo te quiero…. Y me duele. Este es el momento en que se dice: a la mierda los higos, a la reverenda mierda los tés¿ no? – Trata Andy de explicar algo- Ni lo pienses. Ni trates si quiera. Demasiado lindo para ser cierto. Las cosas se manifestaron muy rápido, debí sospecharlo. Vete. No te atrevas a justificar nada. Vete, vete, vete, vete coño, desaparece.
Andy corre. No vuelve la mirada en ningún momento. Ahora llora. Un dolor a intervalos lo obliga a detenerse y sufrirlo. Josué ha olvidado todo y juega con su miembro allí, junto a la escalera donde le dejó su ardiente compañero. Se toca desesperadamente cada uno de los sitios en que Andy plasmó su huella. El cosquilleo va apoderándose provocando el jadeo, la profunda respiración, el desmedido correr del sudor. La pared se vuelve soporte, consuelo, confesionario, inspiración, amante. Los gritos vienen a aliviar y las lágrimas se convierten en su hombro amigo. El intercambio se torna violento, el recorrido del líquido lo mueve hacia delante, dejando entonces que salga y con él surge la mordedura en el antebrazo. Cae de rodillas. Los ojos enrojecidos, la boca seca, las facciones mustias y un corazón frío.
–Gracias a mis añorados higos. No me arrepiento de nada. Te extrañaré, tonto, no lo dudes.
Andy sale deprisa de la casa donde el señor creaba aquellos diminutos zapatos con los pétalos. El pórtico le permite divisar la senda. Mira a varios lados. De alguna parte nacen unos gritos donde su nombre es centro. Intenta correr tras la voz que pide auxilio llevando los zapatitos entre sus manos. Se detiene. No encuentra el origen. Se desespera. Un camino poco definido se vuelve puente para los gritos. Allá va el joven siguiendo los reclamos, las huellas que su nombre deja de a poco en el ambiente. El recurrente guía de sus pasos (ya le había mostrado la casa del zapatero) le interroga: “¿Qué buscas ahora?” “Voy tras los gritos de mi….” Vuelve a su interlocutor. No lo encuentra y los zapatos no están. Corre en varias direcciones. Presiente la vida a su alrededor. Deja el sitio. Vuelve al camino. Se agita. El mismo dolor de la noche anterior le golpea las entrañas y llama a Josué con todas las fuerzas que puedan quedarle. Continúa hurgando en las veredas, arbustos, ruinas, huesos, troncos,… nada. El final del recorrido abre las puertas a la ciudad, a su ciudad y a lo lejos observa al joven que siempre interroga, de la mano de su osito color crema. El peluche vuelve la cara y los labios que posee no son suyos, él bien que los conoce. Boca provocadora que expresa: “No me arrepiento de nada. Te extrañaré, tonto, no lo dudes. ”
Sobresaltado despierta y en posición fetal queda en la cama mientras disfruta de su oso.
Lo ha pensado mucho. Le dio vueltas al asunto durante todo el día. Es viernes y el sábado anuncia el adiós con poderío. Ya se ha bañado. Extraña mucho a Josué. ¿Ofrecerle disculpas? Sería un buen recurso para que las cosas naveguen sobre olas tranquilas asegurando el futuro arribo a un puerto que no niegue la confraternidad. Camina sin apuro sintiendo dentro cierto salto que lo hacía repensar la idea pero no se detiene. Carlos Varela en su MP3 entona: Una palabra y no puede evitar el estremecerse. Unos metros apenas lo separan de la esquina que lleva al edificio cuando ve a Josué aparecer acompañado por otro hombre. Andy siente como un gran tirón en el pecho y los nervios desandan con prisa por todo su cuerpo. Busca los ojos de Josué y se encuentra una aparente frialdad sin saber que también Josué intenta controlar los nervios.
La fuerza en la mirada del tercero le hizo indagar y se eriza al descubrir los contornos. El rostro del charco de sangre, el guía de la casa del zapatero, la voz que gritaba su nombre, la persona que le interrogó acerca de su búsqueda, la mano que llevaba a su oso. No pudo evitar la respiración profunda y la expresión insegura de los ojos. El compañero de Josué descubrió una segunda mirada entre los enamorados y pregunta:
-¿Qué ocurre Josué? ¿Pasa algo que yo deba saber?
-No, Samuel.
La respuesta surca los oídos de Andy justo en el momento en que se cruzan. “Samuel” – piensa y mantiene su paso rumbo a cualquier.
Andy se voltea y Josué no le mira. Vuelve a respirar. Y se pierden los otros en una turbia lejanía. Nadie comenta el ambiente. Los niños no quieren jugar y los ancianos cansados de tantas críticas deciden dejar que la juventud hiciera a su antojo. Para Josué es imposible articular, para Andy difícil creer que sus sentidos se rinden frente a los temores de perder después de tanta fuerza.
-“¿A dónde vas?”
-“Veré partir a una de las luces que me llevaría a mis higos, Samuel .Veré como se marchan los tés del Tíbet. No te preocupes por comprender. Tú ya estás, contigo me quedo.”
Josué corre por las arterias de la ciudad, es sábado. Andy acompañado por su madre no puede escapar de su impaciencia y da giros sobre sí dirigiendo su atención en varias direcciones. El ómnibus. Todos se precipitan. Muchos desean marcharse, él…. Solo busca al dueño de sus actuales calores. El tiempo, en su contra, vuelve a dormirse en las doce, lo inquietan irremediablemente nuevos horizontes. Llora en los hombros de la madre como quien deja algo más que valioso y teme no vuelva a pertenecerle:
-Perdón.- Se ha demorado un poco en subir. La apertura que le llevaba al asiento, a la ausencia, al nudo, su MP3 Y Pancho Céspedes: - “Olvidarte será fácil ya lo sé, tengo a penas que dejar de ver el mar y cegarme ante la luz de las estrellas, no ver llegar la luna detrás de un cristal. Olvidarte será fácil ya lo sé, tengo a penas que arrancarte de mi piel….”. – Los sollozos volvieron irremediablemente. Se contiene de no gritar pero llora. Se bebe las lágrimas. Recuerda. El mundo de afuera no interesa. Él existe, el alejamiento muerde sus entrañas y la grabación en repetir, retumba en sus oídos a todo volumen. – “Olvidarte será fácil tengo a penas que taparme los oídos, a los cantos de las aves y al murmullo penetrante de los ríos. Olvidarte será fácil, te lo digo, es cuestión de escuchar a mis latidos.”
La guagua se detiene. Un grupo de niños, custodiados por su maestra, transita por la cebra. Andy ve aparecer a Josué y duda en creerlo pero sus ojos no le han engañado, allí en la línea amarilla se encuentra expectante. La inseguridad. El no saber qué hacer. Quiere correr a verle. Mira a todos lados. El último niño casi le da paso al ómnibus. Tocando la zona donde se halla el corazón, Josué articula:-“Que te acompañen mis higos.” – Andy lo repite. No alcanza a decir nada, la guagua ha echado a andar, solo puede llevar un beso a la mano y dejarlo en el cristal. – “Que te protejan mis teces….”- dice para sí. El MP3 prosigue sometido. Pancho no abandona a Andy que recuesta la cabeza al espaldar del asiento y mientras las lágrimas desfilan va siendo preso del sueño. Las últimas palabras que el señor Céspedes le susurró al oído:
"Olvidarte será fácil ya lo sé, tengo a penas que matar un sentimiento, y tapar el sol entero con un dedo, cambiar mi corazón por uno de papel. Olvidarte será fácil tengo a penas que taparme los oídos, a los cantos de las aves y al murmullo penetrante de los ríos. Olvidarte será fácil, te lo digo, es cuestión de olvidar que he nacido”.
Amor
ResponderEliminarMuchas gracias mi corazón.
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