FRANCES EL DÍA QUE ME ENAMORÉ DE UN GITANO. PARTE 1. Por Yasser Alberto Cortiña Martínez A.K.A Jazz Cortiña









  CAPITULO 1


FRANCES VUELVE A MI VIDA: 1

En el patio que queda frente a nuestro bloque en el psiquiátrico, he visto a Frances, un gitano con el que tuve una historia de amor en Antofagasta. Han pasado seis años de eso y hora acabo de verlo jugando fútbol a través de la ventana del baño. ¿Cómo pudo pasar esto?

Nuestra relación por aquellos años fue accidentada, rara. Lo conocí siendo mi dealer y luego se convirtió en mi novio- dealer pero en las sombras. ( Sabíamos que los gitanos no toleran la homosexualidad) Yo acepté las reglas porque era muy apasionado, daba unos besos encantadores, se preocupaba por mí, siempre había un espacio para mí, además éramos muy buenos en el sexo. Nada, que todo era genial entre nosotros. Los chicos compatibles nos decían. Pero Frances estaba prometido a una mujer- cosa de tradición- y en esa ecuación yo no entraba, por las razones que ya conocemos. Así que, cuando llegó el momento de consumar su historia, todo se fue a la mierda. Desaparecimos de nuestras vidas porque así debía ser. Yo me vine a Santiago y él se casó, por supuesto.

Han pasado seis años. Durante este tiempo supimos de nuestras vidas por redes sociales. Algún me gusta tonto, otro comentario felicitando por cierto logro importante, o por el cumpleaños, o por el año nuevo o mis bendiciones por sus tres hijos.

He quedado en shok. ¿Qué hace Frances en Santiago y más encima, en este mismo psiquiátrico? Tengo que averiguarlo de alguna forma. En mi mente hay una explosión. Hay una madeja imposible de desenredar. Necesito respuestas….


NOTA: A continuación presentaré capítulos de lo que fue nuestra historia allá en Antofagasta. Queda trunca pues así quedamos nosotros. Luego continuaré con el reencuentro en el psiquiátrico José Horwitz Barak.



CAPITULO 2.


Seis años antes...

Como cada lunes no sabía qué hacer. El camino al correo para buscar mis papeles de la residencia se hizo extenso, agotador. Autobús lleno. Personas medio dormidas. Eran solo las ocho de la mañana. Yo escuchaba a Cheyenne Jackson. I´m blue skys, era lo que sonaba. La ciudad se levantaba de a poco. Notaba la pereza, la calma, la ansiedad que provocan los lunes, la necesidad de un buen comienzo. Creo que desde mi, el ambiente dialogaba con los otros.

Al final del vehículo me encontraba recostado cuando la puerta se abrió unas paradas después de la mía. Frances estaba abordando el autobús. Sus maneras desenfadadas y coloquiales distrajeron mi atención. Le sonrió al chofer. Alguna broma le dijo y los primeros pasajeros también se sumaron al desconcierto de la gracia. Los audífonos me alejaban del sonido pero el tema que escuchaba me lo mostraba a él divino, casi perfecto. Los contornos de su rostro parecían sacados de una novela rusa de mediados del siglo pasado. Me recordaba a Henri Vongoldring, aunque su color moreno era más apegado a la imagen que siempre me construí de Pepe el Romano. Y como Henri Vongoldring, olía a peligro, a ganas de no acabar nunca una misión para estar al límite. Risa con sabor a encanto trasnochado- pude paladearla desde la escasa distancia -; a cigarro devorado por hombres que saben hacer bien las cosas, al alcohol todo de una disco repleta de gente sedientas de caricias.
Ojos negros casi siniestros,alto, sonrisa de vidrio, labios pequeños, una mandíbula saliente y sexy que te daban ganas de morderla todo el rato. Su pelo invitaba a ser mimado. Castaño casi rojizo. Con bucles suaves que se desbaratan con cada giro y se volvían a formar cuando paseaba sus dedos desde el nacimiento de la frente hasta el final de los mechones. Lo miré. Creo que demasiado. Esa manía de prenderme a la figura masculina en cualquier lugar, sin importar hora y por motivos casi siempre retorcidos, me delató sobremanera. Fue evidente su incomodidad cuando buscó el origen del calor en su oreja izquierda. Estaba yo en ese origen. Yo, que evadí la mirada con una vergüenza de aquellas.

En la siguiente parada las cuatro personas que compartían conmigo la corrida final de asientos abandonaron el autobús. Pedí mucho, a todo lo que se mueve, para que él continuase de pie al inicio del pasillo pero cuando el mal es de cagar no importan guayabas verdes. Así que se vino despacio mirándome con aquella coqueta sonrisa que le hacía pavonearse medio afeminado en ocasiones. Aquella sonrisa que después aprendí de memoria. Tomó asiento tres puestos después de mí. Le observaba con todo mi lado izquierdo sin siquiera verle con los ojos. Pero lo miraba y él lo sabía. Por eso se fue acercando asiento tras asiento hasta que quedamos muy cerca. Me acomodé. Casi me adherí a la ventana. Cheyenne Jackson me molestaba en los oídos mas si sacaba los audífonos estaría a un paso de que pudiera el muchacho decirme cualquier cosa, así que lo mejor era convertirme, definitivamente , en azul cielo, como profería el tema. 

Sin embargo fui más iluso que mi hermana a los siete años cuando pensó que era una despensa para guardar granos y se metió frijoles por los orificios de la nariz y las cavidades de los oídos, porque él sacó el audífono que le quedaba a mano y me dijo disimuladamente:

-No me gusta que me miren si no van a ser capaces de mantener el juego.

Su voz contrastó tanto con su imagen de adolescente maduro que no pude evitar voltearme en el acto. Y allí estaba sonriendo. Con los dientes semi-separados y blancos, y aquellos labios pequeños pero casi hechos a mano que me provocaron un largo bajón de saliva. Fue imposible disimular. Claro que se dio cuenta de que quería besarlo. O al menos tocarlo.

-¿Perdón? – Solo alcancé a decir. Mi voz sonó tan amañada. Tan banal, tan desesperada. La frase fue tan cursi, tan americanizada. Muy de serie de televisión. Pero qué le vamos a hacer: soy un chico de series de televisión.

Me compuse . Busqué el camino afuera para orientarme. Por nada del mundo podía perder el correo. Mis papeles. La residencia. Mi casa. El futuro. La universidad. Y aquel niño a mi lado. Seguro de sí mismo, macho, con unas maneras afrancesadas denunciadas en la forma sensual de cruzar las piernas. Cuando sonó su teléfono ni siquiera lo noté. Vamos, ni reparé en que hablaba de mí a la persona del otro lado del auricular. Solo cuando tocó mi hombro para hablarme rememoré las imágenes que el rabillo de mi ojo había captado:

-Mi primo te manda saludos. Le he dicho que pasaría el día contigo.- El asombro me llevó a la risa.

-¿Con quién? Tú estás loco…

- Eso me dicen siempre. ¿Qué dices?

¿Qué decir cuando un cosquilleo cálido provocado por la invitación de un hombre sexy invade tu cuerpo? ¿Qué decir cuando alguien con más valor que tú pasea su mano en la parte superior de tu espalda evitando que los demás le vean? ¿Qué decir cuando deja de importarte el sitio al que vas porque la mañana se convierte en mediodía con solo imaginar que estarás casi veinticuatro horas saboreando unas carnes que te ponen duro como un pan de pascuas que lleva semanas en la bolsa junto a la puerta de la cocina? ¿Qué decir si el hombre que te invita a una cita muy larga es semejante, en un ochenta y cinco por ciento, a la imagen del ser humano que quieres para tu vida? Pero…¿ qué decir cuando reparas en cada uno de los aspectos de ese hombre y recuerdas su voz novicia y por casualidad pasa por tu cabeza que pueda ser menor de edad?

-No.

-¿Cómo?¿Por qué?

-Mi parada ya viene- Me pongo de pie mientras guardo a Adonis, mi teléfono.

-¿Pero qué tiene que ver la parada con lo que te estoy pidiendo?

-Nada.

-¿Entonces?

-Mira… no me conoces… No sé quién eres… ¿Por qué razón querrías pasar el día conmigo?

-¿Tal vez porque me gustas?- Volví a reír por la sinceridad que le sobraba. Por la verdad que me echaba en cara sin imaginarlo.

-No, gracias…

-Pero si fuiste tú el que comenzó mirándome. Yo ni siquiera estaba hoy con ganas de nada pero tú llamaste mi atención. Vamos negro… si quieres- dijo al tiempo que se acercaba.

 Vale aclarar que todo esto fue a media voz, en el bus habían las suficientes personas como para convertir aquel diálogo en el momento más incómodo desde que llegué a Chile.

La respuesta se congeló en el estómago camino a mi caja de resonancia. La parada y yo abandonando a aquellos ojazos negros que me golpeaban con su resignada incomodidad. Con suerte logré alcanzar el cambio de luz y buscar las oficinas de correos. Por supuesto que me di vuelta para ver al autobús en movimiento y encontrarme con Frances que me decía adiós. Sí, porque en algún momento que no recuerdo, dijimos nuestros nombres. Yo como todo putón le respondí el saludo de despedida mientras un  salto en el centro me sedujo.

 Como siempre me percaté de lo tonto que puedo ser. De lo cobarde, de lo exagerado, de lo injusto, de lo moroso, de lo ensimismado… en fin que soy demasiado comemierda para ser gay en estos tiempos. Ok. Lo entiendo.
¿Pero y si era menor de edad? ¿Valdría la pena?


CAPITULO 3


FRANCES VUELVE A MI VIDA 2.


Bueno presentada la historia o lo que fue, volvemos al Psiquiátrico.

Lennon, que es un gran compañero del psiquiátrico, y quién además es un personaje de mi libro “ Tribulaciones de un ente sin causa en un psiquiátrico “, tuvo alguna vez un ataque muy fuerte y agredió a otro compañero . Debido a esto fue trasladado al sector 5, nosotros estábamos en el 7, y jugaba fútbol con Frances, al que ahora llaman “el gitano”, dos días o tres no recuerdo, después de haberlo reconocido. El patio que separaba nuetros bloques era el campo. La algarabía que animaba los partidos llegaba desde todas las ventanas. 

 Con ellos cerca todo estaba más o menos preparado para tener conocimiento de por qué mi ex estaba al frente en el mismo hospital que yo. El problema radicaba en que no sabía como abordar el tema con Lennon. Tampoco era la idea ir directamente a hablar con Frances. Al final teníamos que vernos de alguna forma por la rejilla de la ventana y romper el hielo. Eso iba a pasar. Había que esperar el momento adecuado.

Por varios días, a la hora del almuerzo, aprovechaba de ir a hablar con Lennon y de paso echarle un ojo al gitano. Comía rápido y me iba a la ventana que daba al patio donde se juntaban a fumar los pacientes del sector 5. En uno de esos momentos en que conversaba con mi amigo , reí a carcajadas bien sonoras. Frances volteó su rostro. Duró unos segundos buscando con los ojos achinados, luego siguió con su actividad. No sé si me reconoció pero esa ventana ya no le sería indiferente, pensé. De todas maneras me puse nervioso. Salí corriendo a mi habitación. Dejé a Lennon sin motivo. Me puse a escribir esta historia en varias partes, que ahora ojeas y a pensar en el pasado- alguna vez quise hacer una novela con nuestra relación-. Y los recuerdos de Antofagasta se arremolinaron en mis neuronas. Solo escribía los momentos. Pero mi mente era un manojo de hilos sin inicio ni fin, así que fui al final del patio y allí me quedé pensando.

¿Me vio? Y si me vio, ¿se habrá acordado de mí?¿De qué hablaríamos pasados seis años?¿Qué condición mental posee para estar aquí? Siempre me pareció una persona cuerda. Manejaba el negocio de autos de su abuelo con mucha soltura. Todo me parecía demasiado heavy. El tatuaje de la virgen en el lado derecho de su espalda era exactamente el mismo, e inconfundible. Dios sabe cuántas veces lo besé ahí. ¿Qué habrá pasado con su matrimonio? ¿Y sus hijos?

Me estaba yendo en la media bola. Tenía que esperar, por muy impaciente que fuera. De lo que estaba seguro era de que Lennon era la llave.


CAPITULO 4

Volvamos por un momento al comienzo.

EL ORIGEN 2. Los ojos y el trozo de Mármol.


Mentiría si no digo que me quiero perder con un tipo como Ramón, por entre las cañerías de una vieja y abandona estación de metro. Realmente lo quiero. Es fascinante pensar en ello seguramente porque estoy más caliente que las cremitas de leche que me hacía la mamá en las mañanas semi-frías de un país sin invierno. Ahora que lo pienso me entran unas ganas animalescas de salir a la calle y en la siguiente esquina tomar al primer hombre por la solapa y llevarlo y follarlo y comerlo. O decirle: nos vemos en el desierto, como me expresó aquel joven en la calle, anoche, cuando le regalé un cigarro. “En el desierto”. Que puede ser muchas cosas, pero es solo una. Sin embargo hoy no tengo ni desierto ni cañerías de una estación de metro ni mucho menos valor para irme a por la solapa de nadie. Estoy como diríamos… empantanado en el calor de mi habitación de soltero sempiterno.

Aquellas fueron mis palabras escritas justo antes de que sonara el teléfono. Ring que no escuchaba mientras pensaba en una peli hermosa: Stuck in love. Pero la insistencia fue tanta que al final me distrajo el móvil. Tuve que levantarlo. Hola. Si, estoy en casa. Qué quieres, ¿qué?. No puedo. Estoy en un estado que me impide dejar el cuarto. Si. Sé que me tengo que divertir. Las ganas me faltan bro. ¿Qué estás en la puerta? Yo ni siquiera me he bañado y apesto a alcohol baratísimo. Ok. Ok. Tranquilo. Lo intento.

Era Joe. Un amigo. Alguien a quien conocí en la casa de otro amigo, que conocí en una fiesta en las afuera de la ciudad. La cosa es que ….. Por cosas de la vida el segundo amigo ya no vivía en Antofagasta y el primero se  había convertido en el único, bueno al menos en el que me sacaba de algunos apuros. Puedo decir que sin que fuéramos realmente, tan amigos, la pasábamos bien. Salíamos en su auto. Cenábamos en su casa día por medio. Refrescaba mucho la vista con sus coleguitas bastante atractivos. Con suerte todavía conservo esa rareza isleña que me traje. Negra piel, labios carnosos, pelo largo trenzado, culo duro y grande, miembro abultado bajo jeans estrechos… en fin, que está mal que me describa pero es lo que hay.
Me vestía y sonreía pensando en las tantas ocasiones que Joe me decía que ninguno de sus compañeros era gay y en las innumerables oportunidades en que los vi casi a punto de perder hasta la virginidad trasera conmigo… Vamos, que no creo que les vaya definitivamente el rollo homo pero de que les interesaba probar les interesaba. Y allí estaba yo, después de soportar como siempre los chantajes emocionales de mi amigo por teléfono, emperifollado y oliendo a siete botellas de Antonio Banderas Blue. Porque uno tiene que estar apurado pero jamás puede olor mal. Así que a la carga.

Joe me esperaba en su auto fumamdo como siempre un lucky stricke blanco. Sonrisa amplia, pequeña estatura( que lo acompleja aunque no lo diga), bonitos ojos café, creo, pelo muy negro y una confianza impostada que si no le conoces bien llegas a creerte el cuento de que es un tipo seguro hasta la pared de enfrente. Reí solo de verlo. Él me secundó sin entender pero seguro de que estaba lo suficientemente a gusto como para entrarle a la noche de mi vida.

-A ver negro, tu misión esta noche es bien importante, ¿me sigues?

-Te sigo.

Ya llevábamos un tiempo rodando. OneRepublic en el reproductor. Yo fumaba tranquilo mientras despejaba la mente para estar suave a la hora de enfrentarme a la fiesta. Entonces va Joe y me sale con lo de la misión importante.
 
A ver cómo les explico. Joe es bien peliculero. Le encanta ver carreras interminables, autos destruirse, mafiosos omnipotentes, mujeres rubias despampanantes, en fin que el cine más chatarra no le es indiferente. Scarface, es su peli preferida y no por Al Pacino ni mucho menos sino por lo que representa el tipo duro en su concepto de hombre a todas. Sueña todo el tiempo que se folla a Scarlet Johanson y además te hace partícipe de las múltiples posiciones en las que se ve con ella. Es alucinante , el tío. Así que como ya nos conocemos un poquito, me preparo para su bomba.

- Bueno, mira… esta noche tienes que ser la carnada . Sí. O sea,…

- A ver Joe , si no te explicas y le das un sentido a eso de “ la carnada”…
 
- Si, si, si es que no me sé explicar muchas veces, ya me conoces. Mira la fiesta a la que vamos es donde un tipo que vive cerca de mi casa. Se llama David, y entre las condiciones para que podamos estar a gusto está el que se conozcan. Que él desea conocerte. Sí, a ti. No me preguntes por qué pero es lo que dijo. Entonces estábamos pensando en que estando tú en la party pues todo sería más fácil. Sus padres están de vacaciones. Él está completamente solo en tres pisos que tendremos para nosotros.

- Y, ¿quiénes son “nosotros”?

- Pues el Dany, Frances , David, yo…- Dijo ligero mientras atendía la carretera que tampoco queríamos morir ese dia. Y aunque trajo a colación aquel nombre que yo había escuchado semanas antes, no reparé en él. Aunque no habia olvidado del todo el encuentro de aquel lunes, los detalles estaban casi borrosos. 

- ¿Y?. Porque hasta donde sé no los conozco a ninguno.

- Pues ya lo harás.

- Vale. Pero en cuanto se ponga pesao el David este, dejó la cagá y me voy. Si porque supongo que no me quiere allí para jugar a los cabritos, ¿no?

- Tú sabes. 

-Sí.  Si. Yo sé. 

- Vale. Vamos a comernos la noche entonces.

Y arrancamos al sur de la ciudad, donde viven los ricos. Es importante decir que los padres de Joe , sin ser ricos viven en el barrio lujoso. Tienen buena posición. Los Jardines del Sur es la zona de Antofagasta donde las personas con buenos ingresos poseen mansiones soñadas y no soñadas. He visto casas que solo en diseños de revistas te podrías haber encontrado antes. Tres, cuatro y hasta cinco pisos maravillosos. Otras son horrendas pues sus propietarios, los llamados “nuevos ricos”, son mineros que se han hecho de un capital impresionante y al dar rienda suelta a su mal gusto crean unos palacios más parecidos a empastes dentales que a cuevas medianamente habitables.

Un par de curvas y comenzaron a aflorar las luces del conjunto de casas esplendorosas. La estructura de este barrio comienza en la base del cerro y asciende entre calles estrechas de iluminado meditabundo. Parece que puedes besarte en cualquier esquina. Todo tiene un color caluroso y tenue. Las macetas en las aceras siempre están mojadas, siempre. Invita a estar ahí. Lo que nunca imaginé de este barrio es la vida que tiene. Las mansiones siempre andan llenas de sonidos. Música, copas que dialogan entre choque y choque, aplausos, pasos, programas de televisión. Mas es interesante que no es un mundo ruidoso que te obligue a desear tapar tus oídos. Hay que ver que los ricos se la montan bien.

Y entonces calles a la derecha, calles a la izquierda, una subida, una bajada y la casa del tal David.

El garaje se encontraba del lado izquierdo. La puerta de metal parecía que nunca iba a terminar. Dos lamparillas en cada costado de una reja color gris. Toda la pared de enfrente blanca. Sobre el muro de estas, un entablado marrón de roble, y sobre este un rejilla con un letrero que anuncia el signo de la electricidad.

 Nosotros esperando a que sea abierto el portón . Yo todo nervioso porque seríamos recibidos por mi cita. O sea, que no habría encuentro casual ni nada, aquí todo era de moja pan en agua y traga.

Y las puertas del infierno se abrieron y una luz intensa peleaba con la de los focos del auto. Llevé mis brazos a los ojos intentando definirle al David. Giré y vi a Joe disfrutar mucho con todo. Después me percaté que él estaba más contento con la posibilidad de fiesta que preocupado por mi incomodidad pero en ese momento lo confundí todo y casi le odié. Creo que lo que de verdad me preocupaba era que este chico pudiese ser un esperpento incomible y que yo por compromiso tuviese que hacer de tripas hígado. Aunque con unas copas todas las ovejas pueden ser blancas pero igual , la amargura del amanecer quién me la iba a quitar, pues nadie.

El auto es tragado por las luces de Hades. Las puertas se cerraron de golpe. Yo salté del susto.

- Tranquilo- me dice Joe y yo casi le cojo del cuello-. Vamos- me da un golpecito en el hombro y abandono la comodidad, la protección de mi sitio. La ansiedad me llevó a buscar al anfitrión entre la profundidad de un garaje con cuatro autos dispuestos perfectamente. No me pregunten jamás la marcas porque soy malísimo con las rayas, los círculos y esas cosas que llevan los logos. El mercedes lo identifico muy bien pues cerca de mi casa,  en Cuba,  había una especie de oficina donde se rentaban autos Mercedes Benz, y ninguno de aquellos lo era. Ah y a la marca Peugeot por el leoncito- creo que uno de los autos tenía un león.

Unas escaleras nos llevaron a través de un jardín limpio, con piso de mármol, farolillos afrancesados y decoración que iba , como en la entrada, del blanco al marrón roble, pasando por diversas tonalidades de grises. Pensé rápido que el trabajo era de muy buen gusto. Se me hacía difícil creer que fuéramos a una fiesta porque no sentía ni música ni gente. El portal que no parecía terminar, nos llevó por un costado hasta el patio , donde de a poco comencé a sentir las risas de unas personas muy escasas, y algo de música muy baja proveniente de un celular. Joe iba delante , embalado, casi saltaba por miedo a correr. Hasta que al divisarle uno de los presentes corrió a abrazarlo y entonces vi a los otros antes de alcanzar sus manos o miradas. Dos hombres y una mujer. Ellos iban casuales, ella mucho más elegante pero sin llegar a ser ridícula. Me vi un momento en el amplio ventanal y mis jeans ajustados con la camiseta a rayas combinaban así que respiré.

 -¿Cuál de ellos era David?

- Daniel y Jorge, y ella es Lucila.- Presentó Joe.

- O sea que tú eres Dany y tú Jorge y vos Lucila. Un gusto.- Dije Yo.- Y tú eres..- expresé a alguien que apareció por mi lado izquierdo con dos copas de vino.- Tú eres David. Tu cuerpo lo dice.

Como siempre mi coqueteo temerario dejó a todos en silencio. Me apresuré a saludarlo. Una de sus manos quedó libre pues la copa que llevaba en la derecha fue a mi izquierda. 1,85 seguro. Jeans, chalas, suéter azul a rayas de color blanco. Dientes grandes, sonrisa amplia. Bello. El tal David era un partido. Todo se puso mucho mejor cuando supe que cursaría Letras en una universidad en Valparaíso. No era afeminado en lo absoluto y eso me encantó, aunque podría ser una trampa, que desde que llegué a Chile me he encontrado con varios casos de hombres re-machos, con familia incluso, que le gusta follar con otros hombres por el hecho de pecar. Y no es que me moleste pero suelo enamorarme y este entre la casa y la figura estaba como para casarse.

De momento la noche se fue añejando y pensé que la velada estaría así de tranquila hasta que comencé a ver cómo Joe se movía. Miraba su celular. El anuncio de que algo más pasaría estaba en cada gesto de sus manos. Todos se pusieron medio ansiosos. Yo andaba tan encandilado con mi cita que no reparé en que el tal Frances se hallaba ausente. Mis sentidos seguían sin relacionar nombre y suceso en el bus. 

David me tomó de la mano y acercándose a mi oído susurró: No te muevas, precioso, regreso en un momento. Encendí un cigarro mientras vi a mi amigo y al dueño partir por donde habíamos llegado. Mientras los otros tres compartían, me sonreían. Unos gritos potentes salieron de la entrada. 

-Frances is in the house- dijo Dany. 

Me puse celoso. Malhumorado. Pensé que sería la estrella de la noche. De repente sólo era la putica. Un macho superior dominaría los cimientos de un castillo en el cual me veía reinando. ¡Qué tonto!

Contraje un poco mi incomodidad que a la verdad no era más que el manifiesto de la inmadurez y seguí con mi vino y mi cigarro esperando a que mi caballero mostrase una vez más sus encantos junto a mí, en definitiva quien se iría a la cama con él sería yo, ¿cierto?

La algarabía de un grupo de personas comenzó a acercarse. Fue inevitable no darse la vuelta. Todos los que estábamos en el patio nos sorprendimos. Seis seres, mínimo, arribaron. Todos alegres, algunos con ciertas dosis de alcohol, otros cargados con botellas, cajas de cervezas, cigarrillos. Uno de ellos llevaba una mochila negra custodiada por Joe y su mirada maliciosa. Pensé claramente que era Frances por la familiaridad con que le tomaba del hombro pero cuando dijo: Dany mira a Carlos , y este salió a saludarle, pues descarté la posibilidad. Algo muy extraño había alrededor de este integrante que tanto había revoloteado en boca de los asistentes, el tal Frances. No sabía por qué me molestaba en desentrañarle. Lo que empezó a molestarme era que David no se acercaba y ni siquiera le veía. Dejé el cigarro en un cenicero y limpié mi boca antes de beber mi último trago.

- Subió a su cuarto. Ya viene con la mesa de mármol. Tranquilo, que le gustaste. Es tuyo. Que ya conozco tus estados. Je je je. – Joe estaba justo tras de mí. Decir que me asustó sería demasiado dramático. Por el contario me calentó hasta la uñas de los pies la suavidad con que sus letras arañaron mi nuca. Mi debilidad está en ese punto.- Ven- Antes de que alcanzase a darme vuelta tiró de mi mano y abriéndose paso entre el jolgorio me llevó a la cocina.- Esperemos aquí para que seamos los primeros en probar.

La cocina. Una habitación más parecida a una suite, invitaba a comer. Limpieza. Transparencia. Amplitud desmedida. Yo la sentía como un desperdicio de habitación porque no comprendía la manera de gastar que tenían estas personas. Joe me dejó descubriendo de a poco el espacio mientras se adelantó a unos sillones donde Carlos, el mensajero de la mochila, compartía con otra persona. Un excéntrico joven cuyos gritos y alaridos no parecían otra cosa que la manera de llamar la atención. No había reparado en él pero sus expresiones incomodaban mi inspección. Estaba apartado. Lo rodeaban varios de los nuevos invitados.

-Soy Frances.- La mano extendida. Mi boca entreabierta. Un olor a incienso llenando la habitación. Mis piernas se aflojaron, literalmente. Aquella incomodidad de los encuentros inesperados me trastornó todo y cada uno de los planes que había considerado.- Que soy Frances. ¿Tienes nombre? - Él parecía no recordarme pero yo sí. El mismo hombre. Las sensaciones de aquel lunes con Cheyenne Jackson en el oído se ensortijaron en mi conciencia. Su sonrisa maliciosa congeló mis testículos. El ómnibus, las personas, la mañana, mis papeles en el correo, todo se vino como puñetazo. No lo podía creer. Sus contornos me seguían recordando a Henri a Pepe … El maldito universo sigue siendo un pañuelo. Lo es todo el fucking tiempo. La mano extendida aún, que miré y que me trajo de vuelta.

-Me puedes llamar Alberto. Soy Benicio Alberto pero me puedes llamar Alberto. O bueno, como te de la gana. - Dije tomando aquellos dedos, apoderándome de aquel calor. Y fue tan gentil su manera suave de saludar que aquella estúpida pregunta sobre su edad me convirtió en un niño de tetas.

-¿A que es el lindo el cubano?- David había bajado una pieza cuadrada completamente hecha de mármol. Lo definí tras la oreja de Frances pero no pude reparar en sus movimientos. Ahora que me abrazaba por detrás y posaba su cabeza en mi hombro todo se manifestaba hasta posicionarme completamente en aquel lugar extraño del que me entraron unas ganas muy raras de irme. Y mi sonrisa tonta le siguió los pasos al dueño de la casa.

-Sí, es muy guapo.- La mirada de Frances fue su error trágico. Ahí me percaté de su reproche porque antes de responder miró los brazos de David rodear mi cintura y como mis dedos jugaban con sus pelillos. Justo en ese instante levantó la mirada para responderle a mis ojos que se acordaba de todo y que también estaba inquieto por ello. Sin embargo cuando Joe llamó a los presentes a la mesa central de la cocina donde David había dejado la pieza de mármol, pues volvió a ser el Frances de siempre y a partir de ese momento solo un par de miradas se cruzaron entre nosotros….


CAPITULO 5


Nota Aclaratoria: Esta parte de la historia es explícita y puede resultar incómoda. Se requiere discreción. Usted no está obligado a leer. Muchas gracias.


EL ORIGEN 3. El desparpajo.


Íbamos a la pieza de mármol que yacía en la meseta central de la cocina, cuando mi teléfono comenzó a sonar. Adonis, suele ser muy oportuno en ocasiones, esta fue una de ellas. Me intrigaba la razón por la cual todos esperaban este momento para reunirse alrededor de un pedazo de piedra. Pero bueno era mi madre al otro lado de la llamada, así que tenía que responder. Era demasiado insistente.

Con mi madre tenemos una regla: si yo le doy más de tres timbres es que quiero hablarle, o sea, debe responder. Si por el contrario solo suena su teléfono una o dos veces es solo un saludo. Por su parte si es ella la que disca mi número no debo levantarlo al menos que suene en cuatro ocasiones, como era el caso. Pero, ¿ y de dónde había sacado dinero mami para llamarme si aún no le realizaba el envío mensual y su fecha de cobro era distante? Bueno, que me enredo, como siempre.

La cuestión es que respondí mientras abandonaba la bendita cocina y antes de cruzarme con Dany, que se unía al grupo, vi la mirada cautelosa de Frances sobre un David que me lanzaba un beso no sin antes dibujar una interrogante en su cara, ante mi salida. Mi gesto de: tranquilo no es nada, fue suficiente. Un: dale que te espero, articulado por sus labios, me hizo sentir cómodo, atendido, casi querido pudiese decir. Qué le vamos a hacer soy así, me mando a correr con sólo saber que le gusto a un hombre. Y se me paró el miembro, bueno el rabo, para qué vamos a andar con vueltas si las cosas se llaman por su nombre.

Quiero hacer una salvedad, ahora que es el momento. Este pasaje de la historia puede llegar a ser bastante escatológico u obsceno, cómo lo quieran llamar y me cuidaré de serlo poco. Detesto no llamar a las cosas por el nombre que me gusta, solo por evitar incomodar a los que me leen. Por tanto, amigos, lo siento si llego a molestarles.
El punto es que, mientras sentía mi cosita dura bajo mis jeans, el celular sonaba y leía: Mami, y me entraba una vergüenza endemoniada. Tuve que reírme incluso. Respirar. Sacar un cigarro y responder mientras lo prendía.

-Dime. Mami es que estoy en una fiesta, por eso me demoré en responder. ¿Qué pasa? ¿Seguro? Es que no es normal que me llames a esta hora. Que en Cuba son como las once de la noche, ya. Yo estoy bien. Que sí, pesá, que me estoy alimentando bien. Oye la semana que viene te hago el envío. ¿Cómo está el niño? Me imagino. Ese va a ser la candela. Mami dile a mi papá que no se preocupe que yo le aviso cuando tenga el pasaje…- Hasta ese momento estuve de espaldas concentrado en mi madre, imaginándola en la casa. Lo olvidé todo porque: mami primero y después los desvelos. No obstante cuando volteé por inercia estaba Frances fumando en la puerta de la cocina que da al patio, solo. Había gente por doquier. Yo conversaba con mi madre apurado porque los minutos son muy caros pero a intervalos nos veíamos él y yo, mucho. Él estaba serio, muy serio. Yo intentaba, no sé por qué, parecer gentil y hacía aquella sonrisita boba de: cómo estás o buenas noches… Hasta se me escapó un guiño. Él seguía sin mostrar la más mínima deferencia.
Tras suyo veía como el enjambre de seres invitados a la fiesta desfilaba por el pedazo de mármol. Se rendían sobre él moviendo sus cabezas y luego al tornar a su postura normal se limpiaban la nariz, o tragaban, qué se yo, era imposible poder definir. -… si mija, que yo te llamo, que yo te…- Fin de la conversación. El saldo se fue a la mierda. Siempre pasa. Miré cuánto dinero me quedaba para devolver el llamado pero unas manos tomaron mi rostro y mordisquearon mis labios incansablemente. Al suelo lo que me quedaba del cugarro. Lo siente fue dejarme llevar sin abrir los ojos hasta que la voz de David susurró en mi oído:

-¿A que te ha gustado?

-Me encantó. – Y no le estaba mintiendo. ¿A quién no le gusta que lo besen de improviso y de una manera tan rica.- ¿ Lo puedes volver a hacer?

-Pero claro, mi amor.

Y ahí estaba nuevamente su aliento dulce. Su aliento delicioso de niño con sus cuatro cepillados al día, de una lengua consistente, de dientes chocables, de labios endurecidos. Mirando hacia varios lados me alejó de la vista de todos. Nos fuimos a una columna de madera que sostenía el techo de la terraza en el patio y allí casi me come. Sus ganas me parecieron en un primer instantes deliciosas, casi un cumplido por la necesidad que mostraba de poseerme pero luego fueron una preocupación, justo cuando comenzó a levantarme la camiseta para moder las tetillas erizadas y sedientas de saliva. Sin embargo no lo detuve. Le dejé hacer. Su mano derecha escribió un camino desde mi abdomen hasta mi rabo, al que apretó sin lástima. ¿Querrá despedazarlo? Fue la pregunta que me hice junto al disfrute de sentir como la siniestra buscaba mi cuello, apartaba mi cabeza y lamía sin descanso.

-Ven.

Dijo nervioso. Sonriente. Saludando con palmaditas a los conocidos y a los que no y creando un sendero con su animado: permiso, rumbo a una habitación escaleras arriba. Joe me vio desandar. Alzó la copa y cerró su ojo en señal de complicidad. Yo buscaba a Frances. Lo buscaba para… Frances no estaba. Y recuerdo que me olvidé de su presencia cuando sin siquiera terminar las escalera David se detuvo para besarme, quitar definitivamente mi camiseta, decirme al oído: quiero que me asesines con eso que tienes allá abajo. Que frase más cursi ; que caliente al mismo tiempo. Qué clase de subidón me entró, madre mía.

No reparé en la habitación aún cuando todo estaba un poco oscuro. Sólo recuerdo que olía muy bien. (después me percaté que era Fogos el perfume que laceraba el ambiente. Era ese porque ahora que lo he comprado por mediación del catálogo de Cyzone, no dejo de pensar en esos días.) David me desnudó. Lo hizo todo. Se atragantó como un niño con mi pene erecto hasta la desmesura. Me tiraba sobre una y otra pared. Llegó a darme miedo. Por fin me lanzó sobre la cama, comencé a acariciarme cuando dijo en seco: Para, déjame verte mientras me quito cada prenda. Prendió la luz. Y lo complací. Poco a poco lo hizo. El mundo se detendría y él estaría en el mismo sitio gozando con su paja mental. Le miré mucho. Era muy lindo. Muy rico. Tenía cara de pervertido. De macho deseante. Me calentaba sobremanera el hecho de pensar que ansiaba la penetración hasta la saciedad. Imaginar su masculinidad sometida me provocaba casi la corrida insitu, así que no esperé tanto, me abalancé sobre él que se entregó tierno y afeminado a mis maneras bruscas. Fui yo quién se desesperó. Fui yo quién le mordió, quien escribió con su lengua mil historias indecibles en su culo blanco y suave, quien mordió su pelvis y saboreó sus genitales lavados. Fui yo quién lo penetró con rabia sin reparar en sus gritos de dolor y placer mezclados. Yo, quien eyaculé en el nacimiento de sus nalgas, arqueando mi espalda a la luz de la luna que nos regalaba la ventana, al tiempo que pensaba en que tal vez me convertiría en lobo. Fue él quien me pidió que tres de mis dedos o cuatro, paseasen por su culo estrechísimo, para permitirle tirar su semen en todo mi rostro.

Sedados quedamos sobre la cama. Yo sobre su pecho. David recuperando su viril postura fumaba un cigarro y sonreía mientras jugaba con mi cabello. Respiraba acompasado, tranquilo. Se incorporó depositando mi cabeza con cuidado sobre una almohada. Hurgó entre sus pantalones. Extrajo un sobrecito blanco. Sus ojos maliciosos buscaron los míos, que respondieron con una expresión muy parecida. Sacó de su cartera un trozo de cartón fino que luego pude identificar como una tarjeta de banco.

-El postre, my dear.- Cigarro a mi boca no sin antes ser besada. Manos que labraron unas rayas de cocaína sobre la mesa de noche.- No te preguntaré si quieres porque la forma en que me has follado dice mucho de lo loco que puedes llegar a ser y eso me gusta.

-No creo que me conozcas mucho.

-Lo intento.

-Podrías esforzarte más.

-Tal vez no quiero.

-Sí. Tal vez algunas cosas deberían ser lo que son y no más.- Mentí. Después de lo que habíamos disfrutado una esperanza tonta, que fatalmente siempre me acompaña, se había alojado en mi : algo más puede pasar entre nosotros. Me cuesta mucho asumir que hay momentos de pasarla bien y punto. No todos están hechos para ser pareja. No todos son Gabo, mi ex de hace casi siete años: el amor de mi vida.

Aspiramos las líneas que salieron del paquetito y volvimos a acurrucarnos. Estuvimos en silencio un rato. Yo pensaba en las palabras que intercambiamos. Sólo pude sentir cómo la sonrisa placentera lo convertía en un mar de ternura, por las constantes caricias que hizo a mi rostro. Nuestro silencio fue interrumpido por las risas de algunos invitados que corrían por el jardín. David se incorporó.

-Vamos, nene.

-Quedémonos un rato más- dije como novia enamorada que no quiere corromper una buena encamada. Pero sin darme cuenta que si había sido una encamada era imposible considerarme su novia, si no su singante, o sea su puta.

-Vamos, corazón. La noche comienza justo ahora.

-Ok-me resigné.

- Pero antes , ven.- Y se lanzó sobre mi. Y nos volvimos a besar. Y nuestros testículos se encogieron por la extensión de nuestros miembros acalambrados.

-Ya, ya, ya,ya… que si no, no salimos de aquí…- Lo vi vestirse con agilidad.-Pero, vamos, Beni… que nos esperan. Vamos a comernos a todos, a disfrutar con todos, a volvernos locos… -río complacido.

-Ve bajando. Te sigo ahora mismo.

Ya estaba en el borde de la cama. Besamos los labios otra vez. Salió casi eufórico dejando la puerta abierta. Sonreí. Estaba bien. Me puse cada prenda sin apuro. Caminé al pasillo. Antes respiré profundo.

La iluminación me hizo descubrir una casa perfectamente ordenada, de pasillos interminables con alfombras grises muy limpias. Decoración que fluctuaba entre distintas tonalidades de marrón con algunos detalles naranjas, dígase las lámparas del techo o de las mesitas, las flores de los búcaros, o los marcos de algunos cuadros. Esta familia tiene buen gusto, pensé y de a poco comencé a descender por las escaleras. Inmensa la casita, queridas amiguitas y amiguitos. Inmensa. Creo que desde donde estaba divisé tres salones. Uno a mi izquierda justo al lado del comedor que precedía la cocina. Otro frente a mí junto a la puerta de entrada protegida por una puerta de roble más grande que la mierda, sólo las había visto en las películas. La última de las salas a mi derecha me pareció acogedora más que por la decoración minuciosa con una mesa de centro trabajada con matices blancos y negros, por el hecho de que en el sofá se recostaba Frances después de aspirar dos rayas. Al incorporarse no pudo evitar verme. Sonreí.

-¿Qué?

-Nada.- Respondí a su cortante manera de preguntar. Y quitando su atención de mi cuerpo prendió un cigarro y cerró los ojos.

-¿Qué pasa con Frances?

-¡Mierda!¡Qué susto, Joe!

-Mira que te haces el pobrecito…

-¿A dónde vas?- le pregunté evitando la respuesta aunque sabía que volvería a preguntar porque Joe es así, chismoso hasta la pared de enfrente.

-¿Qué pasa con Frances?- Volvió a preguntar. Lo sabía, me dije.

-¿Qué pasa con Frances?

-No sé… ¿Me dirás?

-Está ahí.

-Lo veo.

-Podrías preguntarle entonces.

-Mejor me voy al baño. Mejor-me voy-al baño.

Y reímos. Le vi subir a Joe rumbo al baño y pensé en que era como la amiga cool de las historias que desea saber los chismes antes que el resto de la gente.¡Qué tipo más loco! Cuando devolví la mirada hacia donde había dejado a Frances lo vi sonreír esta vez. Lo secundé en la acción. Me arreglé la camiseta (coquetear nunca me ha resultado un problema), y seguí mi camino rumbo al patio donde un grupo de casi borrachos y drogados seres se adueñaba de la madrugada.
Atravesé la cocina. Casi al llegar a la puerta me di vuelta para ver la estructura de mármol con una isla blanca en su centro y una niebla del mismo color por todo su espacio. En sus bordes trozos de pajillas estaban dispuestas de diferentes maneras y líneas blancas surcaban todo el mármol. La fiesta de la cocaína: le escuché decir a Frances que paso a paso se adhería a mi espacio. No volteé. Preferí seguir en mi sitio también porque creí que buscaría la compañía de los otros. Alcancé una de las bombillas y me dispuse a esninfar. Al dar la vuelta a mi torso sentí la pelvis del chico justo en mi culo. La malicia se hizo reina en mis ojos. Me acomodé en aquel soporte humano y algo bajo sus pantalones comenzó a despertar: lo pude sentir con claridad. Una vez abastecido me aparte dejando una de mis manos al borde de la pieza donde descansaba la droga. Lo invité a aspirar con un movimiento de cabeza. Accedió. Vio mi mano. Se pegó a ella. Reclinó su torso. Movió su cintura de derecha a izquierda para que pudiera sentirlo. Después de acabar nos miramos. Limpió su nariz, probó sus dedos, prendió un cigarro, se acomodó el paquete y sonrió.

-Eso gitano, no pierdes tiempo. Con todo el power.-Joe pasaba revista de todo. Tan oportuno como Adonis, mi teléfono. Rieron entre ellos. Joe siguió su camino.

-Con que eres gitano.

-¿Es eso un problema?

-No. Me gusta que seas gitano.

-¿Qué tiene de especial?

-Que siempre quise conocer a uno.

-Pero tú no me conoces.

-Claro. Se me había olvidado eso.

-Ya nos conoceremos. Descuida.-Fuimos interrumpidos por el escándalo de Danny y Carlos. Venían llegando por el costado de la terraza que conecta con la salida. Mostraban en sus manos bolsas con botellas, comida, cigarros…-Ahora es que comienza la fiesta.

-¿Cómo?

-¡Ah, perdona! Se me había olvidado que eras nuevo aquí. Mira…- se acercó Frances pasando su brazo por mi hombro .- Aquí la fiesta se divide en cuatro momentos. El primero cuando nos encontramos, muchos de los chicos traen a sus novias, compartimos un poco. El segundo cuando llega la merca y David sale a buscar la pieza de mármol. Este se extiende hasta el tercero que es cuando se acaba la poca bebida que hemos comprado, que es poca por un solo propósito: salir a comprar más y dejar afuera lo que molestará en el desarrollo de la cuarta y última parte de la fiesta: el desparpajo. ¿Te acuerdas de aquella muchacha que viste cuando aún yo no aparecía, la novia de Danny? Al irse a comparar alcohol ellos dos, la dejaron en casa para que durmiese como un bebé porque ahora es la fiesta de los hombres. O sea, de nosotros los amigos, donde invitamos a otras amigas, desconocidas casi siempre, u otros amigos habituales.- Sentía la respiración de Frances recorrer mi cuello y mi rabo se paraba y se paraba: que delicia. Seguí los resquicios de su voz, las señales, las intrigas. Talmente parecía estar siendo parte de algún secreto templario. Sonrío cuando vimos a David gritar : Fiesta, fiesta, fiesta…-En este momento se inicia la preparación del desparpajo. Joe, David, Carlos y Danny, acompañados por los amigos habituales traerán los muebles más cómodos de la casa y los van disponer entre el patio y la terraza. Luego traerán algo con qué reproducir música y la pieza de márnol es llevada al centro.-Conforme iba describiendo, las cosas se sucedían metódicamente. Todo un ritual que disfrutaban. Entre el trasiego vi de soslayo una mirada coqueta y extraña que se cruzaba entre Danny, Joe y Carlos. Un intercambio que me desconcertó. Miré a Frances que me vio incrédulo y comenzó a reír.

-¿Qué pasa aquí?-dije por fin.

-Esperemos que pongan la música. Que seguramente es house. Al David le encanta comenzar con estos temas pasados de moda para saltar sobre los asientos y restregarse entre la gente. Sueña todo el tiempo que está en una fiesta en Ibiza, que todos somos liberales y toda esa mierda. Esta es la parte que menos me gusta porque parece un anormal, pero bueno es el dueño de la casa, así que hay que permitirle ciertas manías.-Y en efecto David comenzó con su despliegue, recorría el patio, copa en mano, y cantaba con toda su fuerza, disfrutando cada nota. Sin embargo mi atención se movió a otro sitio pues Frances giró con suavidad mi cara.- Lucila no está, la fiesta es de nosotros: todos.

 Muy cerca de la columna donde habíamos iniciado David y yo nuestra calentura, estaban muy juntos Joe, Dany y Carlos. El segundo en medio de los otros dos, besaba al último mientras el primero olía su cuello, lo mordía. Quedé estupefacto. Jamás creí que Joe pudiera sentir atracción alguna por los hombres. Las ganas de este threesome comenzó a crecer. Se intercambiaron los puestos, se besaron desaforadamente, se medio desnudaron, se penetraron con dedos. Todo de pie, todo forzado, todo creyendo que nadie los miraba. Hasta que la atención de Frances y yo, deduzco que provocó un aurea de calor entre los excitados porque miraron al unísono en nuestra dirección y aún cuando Dany y Carlos sonrieron con aquellos rostros enmohecidos por la droga, Joe pareció asustarse y tomando a uno de sus amantes de la mano salió a bailar, buscando a intervalos mi mirada.

-Gracias, por ponerme al corriente.-dije buscando a Frances sin abandonar la protección. Quedamos frente a frente. Sus ojos estaban mezclados con cierto fluir de energías que no puedo explicar y me parecieron más adorables. Estuvimos tan cerca… Su aliento a tabaco, alcohol, a puto de esquina me atormentaron pues su belleza era inmensa, indecible en aquel momento. Frances estaba tan sexy, dios mío.

-No me agradezcas todavía.-Y su mano, bajo mi camiseta, buscó el entresijo de mis nalgas. Los dedos hurgaron sinuosamente hasta llegar al orifico preciado y depositar al del medio primero con cautela, después de un tirón que me suspendió.-No me agradezcas todavía…

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