HAY COSAS QUE NO DEBEN LLEVAR NOMBRE
Comenzaré por decir que el escenario de esta historia es La Habana que recuerdo y la que me invento. No busco la aceptación de nadie ni la corrección epocal. Llevo seis años sin visitar la isla por lo tanto muchas cosas deben estar cambiadas. Así que como hay cosas que no deben llevar nombre pues me lanzaré a escribir aunque tengo pocas ganas y la historia no me queda muy clara.Solo llevo la imgaen de Neysi de la Paz en la cabeza y sé que ella me guiará en la construcción de Carolina, una chica de Cienfuegos que se fue a buscar mejor vida a la capital.
Carolina tiene 30 años. Hace cinco que vive en La Habana. Es una mujer que está practicamente sola aún cuando ha conocido a algunas personas y se ha encontrado con gente de su pueblo. Carolina trabaja como asistente del hogar(criada como ella misma dice) en casa de Silvio Arriaga, un famoso cantautor cubano, dueño de su propio estudio en Cuba, donde supuestamente no se puede tener propiedad privada. Además es reconocido por sus desplantes a los fans y su mala leche, como dicen los españoles.
Entre su familia que piensa que La Habana es el yuma, los taxi que cada vez están más caros, y a veces tiene que tomarlos hasta el paradero de Playa y de ahí un guagua hasta el suntuoso barrio de Cubanacán, la economía de nuestra protagonista es dura y llena de bifurcaciones y cortas. No es mucho lo que le pagan sus jefes. Ya está cansada. Atiende a un matrimonio que tiene tres hijos adolescentes e insoportables pedantes:( Han nacido en cuna de marfil y piensan que se lo merecen todo. Los padres tienen que traerles regalos con cada viaje que hacen al extranjero, que por lo general triplican el salario de la pobre empleada).
Es filóloga pero, ¿qué iba a hacer en un pueblo de Cienfuegos una especialista en literatura? Vaya usted a saber. ¿Ser la presidenta de la biblioteca municipal, o asesorar a grupos de teatro de aficionados? Para nada formaban parte de universo las posibilidades anteriores. Ella quería escribir. Entrar a la Oficina del Conservador de la ciudad y desarrollar proyectos de importancia, que le permitiran conocer el mundo y la posicionaran en un sitio decoroso dentro del colegio de filólogos de Cuba. Pero nada eso pasó. La filología sirve en este país es para ser profesor de literatura ya sea antigua, moderna o contemporánea. Participar en concursos de algunas organizaciones jóvenes donde siempre ganan los mismos o tener un buen enchufe en La Habana Vieja para entrar a la cúpula dejada ahora por el difunto Eusebio Leal. Porque ni pensar en Bellas Artes como redactora de catálogos o investigando la parte literaria de las exposiciones, o sus influencias, no hijo, no, esos puestos tienen nombre y apellidos como los Arriaga, o los hijos de coroneles, o generales que lucharon en las guerras de esta isla y por tanto son vacas sagradas. Así que a ella Carolina Perez Gómez,¿ que le quedaba? Y oye eso: Pérez Gómez que es como ser cualquier poste de cada esquina. Entonces: ¿que le quedaba? O ser puta o ser sirvienta. Seleccionó lo segundo porque para lo primero había que tener estómago y a ella ese órgano le faltaba desde el Período especial.
Cuando Carolina acaba su turno a las cinco de la tarde, ( y asumamos que tiene que entrar a las seis de la mañana, para tener listo el desayuno particular de cada uno de los integrantes de la familia), le toca el recorrido inverso: guagua en Cubanacán a Playa y de ahí otra guagua hasta la Lisa porque dinero para taxi no hay en dos sesiones por día.¿Quién vive así? Siempre va asustada. Las calles en Cuba se han puesto del carajo pa´rriba con la situación económica que no mejora desde el ´59, seamos franco, sobre todo pa´ la gente pobre. Y a eso súmale que ahora cualquiera por comentar, solo por comentar una simple situación que no vaya con los parámetros de la dictadura es tachado de disidente. A toda esta calamidad agrégale que tiene que ir en la guagua esa repleta de gente, aferrada a la cartera, y cuidar el teléfono sansumg que sus “amos”- como también los llama a veces- le regalaron por navidad el año pasado. Sí porque no nos hagamos los tontos: en Cuba hay gente que celebra la Navidad.
Pero este lunes Carolina salió a las dos de la tarde, sus jefes se fueron a los cayos con los pesados de sus hijos a pasar la semana santa. Se sintió aliviada. Tendría que volver todos los días a hacer la mantención de la casa pero con sus horarios. También tendría que alimentar a los dos San Bernardos y a los tres gatos pero ellos la querían. Porque hay que ser justos, lo niños son unos inaguantables y los papás creídos hasta más no poder, sin embargo los animales la adoran y mentiría si le dijera a alguien que la tratan mal. A ella le gusta pensar que de alguna manera la quieren. El señor adora que Carolina sea una empleada letrada. La madre cuando tiene días de nostalgia por sus padres que están viejitos en Miami, se siente cómoda desahogándose con ella: porque eres una persona sensible, la inteligencia otorga sensibilidad. Ante tal expresión, la cienfueguera siempre sonríe. En el caso de los adolescente pues, está más que claro: su maid les hace las tareas.
La semana estuvo bien. Cubancán es una zona tranquila. Pudo esta pobre mujer descansar. Llegar más temprano a su casa, ver la novela, prepararse algo rico. A veces se pregunta si será una criada toda la vida y le viene un dolor de cabeza enorme. Lee constantemente. Ha empezado varias investigaciones, una de ellas se titula: La mujer sometida en la literatura contemporánea. No obstante se queda siempre en las primeras cinco páginas o siete a lo sumo: necesita tiempo. Simpre está primero su trabajo. “¡Qué karma estaré pagando!”- exclama cuando está hasta la coronilla de trabajo y de aguantar a sus amos. Pero estos siete días al menos han sido pacíficos .
Justo el viernes decidió quedarse en la casa porque donde los Rodriguez, una familia vecina, han robado aprovechando que no estaban. “Los pobres , le desbalijaron la casa”, pensó cuando Cristina, una señora que es criada de otra casa, la de los De la Guerra, le estaba contando justo en el portal. (Es normal que en vacaciones las viviendas se encuentren habitadas solo por los empleados, muchos de los cuales no viven propiamente ahí). Así que Carolina medio asustada tomó la desición de dormir en la casa ese día ya que la familia llegaría el sábado, o sea, al otro día.
La jornada diurna transcurrió sin problemas. Limpió temprano y dejó todo en su sitio. Aprovechó para bañarse en la piscina, jugar con los perros, se probó la ropa de la señora, tomó de los licores del señor y comió de los ricos y caros cereales de los chicos. Se hartó de jamones, panes finos,aceitunas, melocotones y al mediodía alimentó a todos los animales. Y como dice el dicho: barriga llena, corazón contento.Se puso a descansar en una hamaca cerca de la piscina a la sombra de una mata de marpacíficos. Se quedó dormida.
Despertó como cinco horas después por los lenguetazos de los perros: había que sacarlos a hacer sus necesidades. Carolina cumplió con su deber de torear a aquellos enormes san bernardos que a ella ya le hacían caso.
El regreso fue agotador. Se sintió molida. Llevó a los perros a sus casetas y depositó su cuerpo en el sofá. “Una siesta antes de la cena”, se dijo. Lo que no recordó la pobre Carolina es que entre el cansancio y los dos San Bernardos, había dejado el portón que da acceso a la calle mal cerrado. Todo estaba servido para los cazafortunas del barrio de Cubanacán.
Pasadas las ocho de la noche de aquel viernes de abril, tres hombres entraron en la casa de los Arriaga de la Guardia y robaron cuanto pudieron. Los perros ladraban pero estaban amarrados. Carolina gritaba mientras uno de ellos la violaba. La golpearon con fuerza, la orinaron con ganas y mientras se arrastraba en busca de ayuda le golpearon sin piedad el abdomen. Aquello más que un robo parecía una película bizarra. Era como el disfrute de gente reprimida. Meditaba en medio de la masacre que la confundían con la ricachona, dueña de la mansión. Y la dejaron allí bañada en sangre, echa un puñado de desechos. Los ladrones abandonaron el domicilio dejando muchas cosas desperdigadas y partidas, entre ellas a la filóloga.
Carolina a duras penas se puso de pie. Arrastraba su tobillo fracturado. Llegó a la avenida. Pidió ayuda con las pocas ganas que salían de sus pulmones. La calle estaba oscura,mojada. En abril llueve como dilubio. Dio vuelta sobre sí pero los ojos hinchados no la dejaron ver el Chevrolet de los años ´50 que a toda velocidad rompía el pavimento. El conductor venía ebrio. Unas luces muy claras iluminaron el cuerpo desvencijado de la mujer. Luego sólo se sintió un golpe.
Carolina estaba muerta.
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